—Que quiero confesarme.
—¡Confesarte!—exclamó Augusta palideciendo y disimulando su turbación.—Pero ¿estás loca?
—No sé por qué ha de ser signo de locura el querer confesarse.
—Pero, hija, es que... creerán que estás mal.
—Yo no sé si estoy mal ó bien. No hay más sino que quiero confesarme... y cuanto más pronto, mejor.
—Mañana...
—Déjate de mañanas. Mejor será esta misma noche.
—Pero ¿qué idea te ha dado...?
—Pues una idea, tú lo has dicho, una idea. ¿Acaso es mala?
—No... pero es una idea alarmante.