—¿Pero tú qué fenómenos tienes? Si dice el doctor que son fenómenos reflejos, exclusivamente reflejos... ¿Á qué viene esa andrómina del confesarse? Tiempo tienes. Mi amigo se ha ido; pero si quieres le llamo... No, no será preciso. Mientras menos médicos parezcan por aquí mejor. Quevedo no tardará en llegar, y entre todos te convenceremos de tu tontería.

Interrogada por todos de un modo apremiante, Fidela no podía declarar, sin mentir, ningún síntoma peligroso. De fiebre no tenía ni chispa, según una vez y otra hizo constar D. Francisco, que se las echaba de buen entendedor de pulsos. Lo único que sentía era la opresión del pecho, la dificultad del respirar, cual si un corsé de hierro le oprimiera la caja torácica, y algo, además, que, á su parecer, como dogal interno, apretaba su garganta, á la cual se llevaba las manos sin sosiego, creyendo cerciorarse con ellas de una fuerte hinchazón.

—Pero, ¿no tengo aquí un bulto muy grande?

—No, hija, no tienes nada. Todo es aprensión.

Fenómenos reflejos.

—Duérmete, y verás.

—Eso es lo que quiero, dormirme y ver lo que hay por allá. Pero me parece que no pegaré los ojos en toda la noche.

Quevedito, que á la sazón entrara, no encontró en ella novedad que debiera ser motivo de alarma; pero el estado moral de la enferma, y las extrañas inquietudes de su espíritu pusiéronle al fin en cuidado, y propuso á su suegro que, al día siguiente, fuese llamado en consulta el doctor Miquis. En tanto, Cruz trataba de de convencer á Gamborena de la inconveniencia de retirarse á su domicilio en noche tan cruda y desapacible, y él no insistió, como otras veces, en largarse, afrontando la ventisca y el frío. Más que las molestias y aun peligros de la caminata, le retenían en la mansión ducal presentimientos vagos de que no sería excusada en ella su presencia. Convino, al fin, en alojarse en la habitación cardenalicia que en el piso alto le tenían preparada, y Cruz le suplicó que, antes de recogerse, tratara de obtener de Fidela, con su omnímoda autoridad, el aplazamiento de la confesión hasta el siguiente día. Dicho y hecho. Llegóse á la puerta de la alcoba el buen sacerdote, y desde allí con insinuante cariño dijo á la enferma:

—¿Sabes que tu hermana no me deja marchar? Me resigno, porque las calles están heladas: caballos y personas tenemos miedo de un resbalón, y de rompernos pata ó pierna... Eso que has pensado, hija mía, me parece muy bien, muy bien. Por lo mismo que no estás peor, quieres hacerlo descansada y fácilmente, como obligación de todo tiempo y de circunstancias normales. Bien, muy bien. Pero yo estoy cansado, tú necesitas dormir, y como me tienes en casa, quédese para mañana. Duérmete niña, duérmete tranquila. Buenas noches.

Poco después de esto, despidióse Augusta, besando una y otra vez á su amiga, y prometiéndole ir tempranito á la mañana siguiente. La paz y la quietud reinaron en la casa, mas no en el corazón de Cruz, que no tenía sosiego, y se acostó como el oficial de guardia cuando hay temores de trifulca. Toda la noche la pasó don Francisco vigilando á su esposa. Entraba de puntillas, y aproximábase al lecho como un fantasma. La pobrecita dormía algunos ratos; pero eran sus sueños breves y nada tranquilos.