—Estoy despierta—decía alguna vez.—Aunque me veas con los ojos cerrados, no duermo, no. ¡Y qué ganas tengo de coger un buen sueño largo, largo...!
—¿Hay algún nuevo fenómeno, hija mía?
—Nada, nada más que esta opresión maldita. Si no tuviera esto, me sentiría muy bien.
—Y más tarde:
—Eximio, no te asustes, esto no es nada. Un momento que me ha faltado la respiración, y creí que me ahogaba.
—¿Quieres otra cucharadita?
—No, ahora no. Creo que me hace daño tanto brebaje. ¡Ay! qué horrores soñé en un momento que me quedé dormida. Que nuestro Valentín se había sacado los ojos y jugaba con ellos. Después me los daba á mí para que se los guardara... ta... ca... pa... ca... ¿Y qué haces que no te acuestas, pobrecito eximio?
—Mientras tú estés despierta, velaré yo—le dijo el esposo, sentándose á su lado.—Blasono de precavido y vigilante y soy la previsión personificada.
—Si no tengo nada; si estoy bien...
—Pero debemos tender á que estés mejor. Á mí se me ha ocurrido un plan. Á veces sabe uno más que toda la cáfila de médicos que pululan por ahí.