—¡Si yo durmiera...! Pero, ya verás... de mañana no pasa que coja yo un sueño largo, largo...
—Cuando yo estoy desvelado, me pongo á sumar cifras, y á meter y sacar por todos los rincones del cerebro la aritmética que aprendí de muchacho.
—Pues yo también sumo, y no saco en limpio más que los mil y quinientos minutos que me faltan para dormirme. ¡Qué cabeza esta! ¿Ves? Ahora parece que tengo sueño. Respiro bien, y el bulto de la garganta se me sube á los ojos. Los párpados me pesan. Eximio Tor, yo te aseguro que Valentín tendrá mucho talento, no talento para los negocios, como tú, sino para la poesía, y para...
Se quedó dormida. Á la madrugada, después de varios letargos breves, tuvo un ligero ataque de disnea. Torquemada se alarmó. Pero ella le tranquilizaba diciéndole:
—Querido ex... ex... imio, no te asustes. No es nada. Quiero respirar, y la nariz dice que... respire por la boca, y la boca... que por la nariz..., y en esta disputa... ¿ves?... ya pasó... ya.
Ya de día claro, durmió como unas dos horas, y se despertó alegre, charlatana, preguntando si había venido Augusta. Acudió su hermana á darle el desayuno, un té con leche, que tomó con gran apetito. Torquemada se había ido á descansar, y Gamborena se preparaba para decir la misa. Revuelto y glacial como el anterior, ofrecióse al amanecer aquel día, lo que no impidió que la de Orozco se personase en el palacio, diligente y recelosa, poco antes de la misa, que oyó con gran recogimiento y devoción. Á las nueve, cuando Gamborena se desayunaba en la sacristía, y se oían en los pasillos bajos el desapacible chillar del heredero, y el ruido de los varetazos que daba en bancos y sillas, subió Augusta á la alcoba y charló con Fidela de cosas gratas, amenas y tentadoras de la risa. En lo mejor de este sabroso coloquio entró el eclesiástico diciendo con gracejo:
—Amiguita, ahora está usted de más aquí. Fidela y yo tenemos que echar un párrafo.
Salió de la alcoba la dama, y quedaron solos la Marquesa y el misionero. La confesión fué larga, aunque no tanto como el sueño que aquélla deseaba.
XIII
—¿Y qué?—preguntaba Augusta al sacerdote en el gabinete de Cruz, mientras ésta pasaba un rato junto á su hermana,—después de la confesión ¿tendremos también Viático?