¡Tendremos! Habla usted de ello, amiga mía, como si se tratase de una garden party, ó de un cotillón.

—No es eso... Quiero decir...

Torquemada entró súbitamente, haciendo la misma pregunta:

—¿Y qué? ¿Viático tenemos?

—Esperaremos á que ella misma lo pida—indicó Augusta,—ó á que los facultativos indiquen su oportunidad. Yo la encuentro bien, y no veo motivo de alarma. ¡Pobre ángel!

—Es una santa—dijo el tacaño con cierta solemnidad,—y no será justo ni equitativo que se nos muera tan pronto, habiendo por el mundo tantos y tantas que maldita la falta que hacen.

—Sólo Dios sabe quién debe morir—agregó el sacerdote,—y cuanto Él dispone, bien dispuesto está.

—Sí; pero no es cosa de conformarse así, á lo bóbilis bóbilis—replicó Torquemada amoscándose.—¡Pues no faltaba más! Admito que todos somos mortales; pero yo le pediría al señor de Altísimo un poco más de lógica y de consecuencia política... quiero decir, de consecuencia mortífera... Esto es claro. No se mueren los que deben morirse, y tienen siete vidas como los gatos, los que harían un señalado servicio á toda la humanidad tomando soleta para el otro mundo.

Gamborena no contestó nada, y se fué á rezar á la capilla.

Poco después de esto, Fidela, que por consejo de toda la familia y disposición de Quevedito, se había quedado en el lecho, mandó que le llevaran al chiquillo, el cual, si al pronto se enfurruñó, porque le privaban de hacer el burro en los pasillos bajos, no tardó en avenirse con la compañía de su madre, única persona á quien solía mostrar cariño. Cansado de dar vueltas por la alcoba pegando latigazos, se hizo subir á la cama, y por ella se paseó á cuatro patas, imitando el perro y el cochino; y ya se corría hacia la cabecera para dejarse besar de su mamá, ya bajaba hasta los pies, mordisqueando la colcha, y haciendo gru, gru, para hacer creer á Augusta que era un terrible animalejo, que le iba á comer una mano.