—Está monísimo—decía Fidela, encantada de aquel juego.—No me digan que este chico va á ser tonto. Lo que tiene es muchísima picardía, y en él, la travesura del animalillo anuncia la inteligencia del hombre.

Agitaba ella los pies dentro de las sábanas, para que él hociqueara en el bulto con saltos y acometidas de bestia cazadora, y ya se esparranclaba, ya husmeaba el aire descansando sobre los cuartos traseros y erguido sobre los delanteros, ya, en fin, sentábase para frotarse el hocico con movimientos de oso cansado de divertir á la gente. Pero su principal diversión era asustar á las personas que rodeaban el lecho, y á su mamá misma, ladrándoles, embistiéndoles de mentirijillas, con la boca abierta en toda su pavorosa longitud. Verdad que nunca se las comía; pero les hacía creer que sí, á juzgar por las voces de espanto con que acogían sus furores. Por fin, tendióse á lo largo junto á su madre, y apoyando su rostro en el de ella, largo rato estuvo mirándola de hito en hito, sin articular gruñido ni voz alguna. Maravillábase Augusta de que la mirada de Valentinico tuviera aquel día expresión menos fosca y aviesa que de ordinario; pero no apuntó ninguna observación sobre este particular.

—¡Si es más bueno este hijo!—decía Fidela gozosa.—¡Ahora me está diciendo al oído unos secreticos tan salados!... Ta, ta, pa, ca... que me quiere mucho, y otras cosas muy bonitas, muy rebonitas.

Diferentes veces le puso Cruz en el suelo para que no molestase á su madre; pero él, con una querencia tenaz, que fué la mayor rareza de aquel memorable día, se las arreglaba para volver á la cama. Creyérase que comprendía la obligación de ser dócil y bueno para merecer aquellos honores. Nunca se le vió más sumiso ni se notó expresión tan dulce en el ta, ca, ja, pa, que á cada instante pronunciaba, ni tuvo tanto aguante para permanecer quieto, pegado su hocico al rostro de su mamá, dejándose acariciar de ésta y oyendo de su boca tiernas palabras que seguramente no había de entender. Quedóse dormido un rato, y Fidela no consintió que le quitasen de su lado. Durmió también ella con placidez que todos creyeron de feliz augurio, y de fijo le habría sido provechoso aquel sueñecico, si hubiera durado más.

Con la tardanza del doctor Miquis, que no pudo ir hasta la tarde, estaban en ascuas Cruz y don Francisco, esperando uno y otro cobrar ánimos con la visita del famoso médico. Antes que éste llegara, tuvo Fidela otro ataquillo de disnea, seguido de un colapso muy breve, del cual sólo Augusta, única persona que entonces se hallaba presente, pudo enterarse. Volvió Valentinico á subirse á la cama, y si, poco antes, pudieron observar todos en sus ojuelos cierta dulzura (como no fuera esto efecto de la buena voluntad de los que le miraban), luego notaron en ellos la singularísima expresión ofensiva que de ordinario tenían. Quizás dependía esto de su pequeñez, contrastando con la voluminosa cabeza, y de una irisación gatuna en las obscuras pupilas. No se sabe; pero todos decían, y Augusta la primera, que aquél no era el mirar inocente y seductor de un niño. ¡Demonio de engendro! Le dió por echarse como un perro á los pies de su madre, y de amenazar con gruñidos á cuantos al lecho se acercaban, enseñando los dientes, y preparándose para morder al que se dejara, ya fuese su mismo papá, ó su tía.

—¡Qué bravo!—decía Fidela.—¡Cómo defiende á su madre! Esto se llama inteligencia, esto se llama cariño... ¡Pero si nadie me hace daño, hijo mío! Estáte quietecito, y no te muevas mucho, que me molestas.

Entró en esto Miquis, y se llevaron al salvaje bebé, que con berridos protestaba de no hallarse presente en tan importante visita. Larga fué ésta, y detenidísimo el examen que de la ilustre enferma hizo aquel espejo de los facultativos. La animó con su galana y piadosa palabra; mostróse después reservado con la familia, y al fin, solos él y Quevedito, hablaron mutatis mutandis lo que sigue:

—¿Pero tú qué estás pensando?... ¿tú qué haces? ¿Estás tonto?

—¡Yo!... ¿qué?—replicó balbuciente y poniéndose pálido, el yerno de Torquemada.—¿Por qué me dice usted eso, D. Augusto?

—Porque eres un ciego si no ves que esta pobre señora está muy mal. ¡Á buena hora me avisas, cuando ya...! Puede que aún sea tiempo; pero lo dudo. La depresión cardíaca es tal, que temo el colapso, y si viene el colapso con la intensidad que presumo, ya no hay nada que recetar, como no sea el Viático.