Quevedito se limpió el sudor del rostro. Un color se le iba y otro se le venía, no sabiendo qué contestar á las aterradoras palabras de su amigo y maestro. El cual siguió:
—¿Pero á qué tanta digitalina? Basta, basta, y dispón las inyecciones de cafeína y éter, y las inhalaciones de oxígeno... para lo que ha de venir esta noche.
—¡Teme usted...!
—Ojalá me equivoque. Pero... no te comprometas ante la familia con optimismos que por desgracia serían ilusorios... no des esperanzas.
—¿Teme usted que el colapso...?
—Se ha iniciado ya. Lo he conocido en el pulso irregular, en el rostro, que se descompone, ó parece querer descomponerse...
—No había observado...
—¿Y para qué sirve la adivinación médica, el arte de ver los fenómenos ya pasados, en el rastro casi imperceptible que dejan en el organismo? Volveré esta noche. No te separes de la enferma, y observa al minuto todo cuanto ocurra.
—¿Volverá usted?
—Sí. Creo que no adelantaremos nada, y que la pobre señora no saldrá de la noche.