De tal modo desconcertaron estas lúgubres palabras al bueno de Quevedito, que cuando el otro se fué, y Cruz, ansiosa, se llegó al médico de la casa, éste no pudo disimular su turbación. Faltábale poco para echarse á llorar. Á las preguntas anhelantes de Cruz, y á las de D. Francisco, contestó desordenadamente, luchando entre la veracidad profesional y el afecto de familia:
—Mal diagnóstico... ¿para qué ocultarlo?... malo, malo... Sería peor dar esperanzas, que... Pero aún no debemos perderlas, no, no, eso no... Basta de digitalina... Habrá que hacer inyecciones... inhalaciones... Veremos esta noche... Creo que Miquis exagera el mal. Estos médicos de punta son así; dan grandes proporciones á la cosa más sencilla, para luego salir diciendo... Pero la gravedad existe, una gravedad relativa... y vale más estar prevenidos...
XIV
La primera idea de Cruz, rehaciéndose valerosa ante el peligro, fué llamar inmediatamente á las principales eminencias médicas de Madrid. Torquemada, que poco después de oir á su yerno tocaba el cielo con las manos, empezó por arrojar todas sus iras contra Miquis:
—Ese hombre está loco. Ese hombre es un bribón que quiere explotarnos. Ve que en esta casa hay trigo, y dice: aquí me dejo caer... No, no, fuera médicos ilustres, que no saben una patata. ¡Decir que hay peligro grave! ¿Dónde y por qué? Si sólo con verla se comprende que todo ello es unas miajas de fenómeno reflejo, catarro descuidado, el dengue y los achaquillos que deja... Esto es una picardía, un complot, por decirlo así.
Pronto varió de opinión, transigiendo con que se llevaran cuantos doctores de campanillas fuesen menester, y después, su excitado cerebro discurría los arbitrios más extravagantes, por ejemplo, llamar á un curandero famoso de la Cava de San Miguel... Él le conocía, y testimonio podía dar de sus maravillosas curas: nada se perdía, pues, con llevarle, porque si no curaba, daño no hacía; toda su terapéutica era agua del pozo, y dar friegas en el estómago y en los vacíos con un cepillo de hierbas. Tan desconcertado estaba el hombre, que no tardó en reirse de su propio consejo, y volvió á poner en duda la competencia de la Facultad para curar á nadie.
Con rapidez pasmosa cundió entre los amigos de la casa la noticia de la gravedad de la señora Marquesa de San Eloy, llegando también al Senado antes del término de la sesión, por lo cual vióse D. Francisco asaltado, á primera hora de la noche, de multitud de amigos políticos y particulares, que con enfáticas demostraciones de sentimiento, estuvieron dándole matraca más tiempo del que su tristeza y ganas de soledad consentían. No hizo caso de nadie, ni aun de los que, echándoselas de profetas optimistas, le anunciaban una solución feliz de la enfermedad. Renegaba el tacaño de todo, de los amigos y de la ciencia, de la fatalidad y de los llamados... altos designios de... Quien quiera que fuese. Hasta la compañía y los consuelos de Donoso, su amigo y en cierto modo maestro en ilustración, le cargaban en aquella infausta noche. Resistióse á probar bocado, y cuando los importunos empezaron á desfilar, andaba de un lado para otro del palacio, como un demente, paseándose entre fantasmas, que no otra cosa le parecían las figuras religiosas ó paganas, desnudas unas, otras mal vestidas con sábanas ó colchas, que poblaban salones y galerías.
Entre tanto, Fidela había pasado, en el tránsito melancólico del día á la noche, por diferentes alternativas, hallándose por momentos gravísima, por momentos tan aliviada, que la familia no sabía si temer ó esperar. Augusta no se separaba de su lecho: las manos de una enlazadas con las de la otra, confirmaban en aquellos críticos instantes el intenso cariño, contra el cual la muerte misma no debía prevalecer.
—Ahora te sientes mejor, mucho mejor, ¿no es verdad? No creas que nos hemos alarmado mucho. Bien se ve que no es nada.
—Sí, no es nada—dijo Fidela recobrando la viveza de su acento.—¡Si siguiera como estoy ahora...! Me siento bien; respiro sin dificultad; y... ¡qué cosa tan rara! se me ha refrescado tanto la memoria, que todo lo veo clarito, y mil cosas que había olvidado, insignificantes, se me presentan ahora en la imaginación como si hubieran pasado ayer.