—¿Sí? ¡Qué gracia! Pues mira, no hables mucho. Ya sabes que los médicos quieren que cierres el pico... Fácil medicina es callar.
—Déjame que hable un poquitín. ¡Si es lo que me gusta más en el mundo! La charla... mi pasión...
—Bueno, te permito una pizca de charla. Si se enteran Quevedo y tu hermana me reñirán.
—¡Ay, qué cosa tan rara! Alababa yo mi memoria, y ahora me encuentro sin ella... Pues nada... Había pensado preguntarte una cosa, y se me ha olvidado... ¡Pero si hace medio minuto que lo tenía aquí, en la punta de la lengua!
—Pues déjalo para después.
—¡Ah!... ya, ya lo tengo.—Verás: cuatro palabras nada más... Díme una cosa. ¿Crees tú que los muertos vuelven?
—Mira, hija de mi alma—replicó Augusta sintiendo frío en el corazón,—no hables de muertos. ¡Vaya, qué tonterías se te ocurren!
—¿Y por qué ha de ser tontería? Yo te pregunto si crees tú que los que se mueren... vuelven al mundo de los vivos. Pues mira, yo creo que sí, y que no hay que burlarse de la conseja de las ánimas en pena.
—Yo no sé nada de eso: cállate, ó llamo á Cruz.
—No, no... ¡Flojo réspice me echaría!... Yo creo que cuando una es espíritu libre, puede ir y venir donde le plazca. Lo que no sé es si tú podrás verme, como yo te veré á tí... Y cuidadito con hacer picardías... Mira que te estaré mirando...