Augusta temblaba. Se apoderó de ella un terror instintivo; y como en la estancia había poca luz, creyó ver surgir de aquellas penumbras espectros que se aproximaban lenta y terroríficamente.
—¿Tú qué piensas de esto?—insistió Fidela con ligera inquietud.—¿Alguna vez, en tu vida, en circunstancias gravísimas ¿me entiendes?, has visto la imagen de alguna persona querida, que se te hubiera muerto? Porque el ser la persona muy querida, muy querida, paréceme condición indispensable para que el hecho de verla, de verla como te estoy viendo á tí, se verifique.
—Bah, bah... ¿Te callas si te contesto lo que más puede gustarte? Pues bien, si te callas te diré que sí... Pero no me preguntes más. Queriendo mucho, pues... Ea, basta ya. Esto podría desvelarte, y es preciso que duermas, pobrecita.
—Si yo también quiero dormirme. De eso se trata, tonta. ¡Que me place tu respuesta! Los que duermen, sueñan, y el que sueña, vive en sueños, y su ser soñante puede ser su imagen visible... ¡Vaya unas filosofías! ¡Ah, que no nos oiga el padrito! ¡Menudo sermón nos echaría!... Pues sí, á dormir, á dormir.
Cerró los ojos, y Augusta, después de abrigarle el cuello con el embozo, la besó cariñosamente, y la arrulló como á los niños. Cruz entró de puntillas, y enterada de su tranquilidad volvió á salir. En consulta estaban á la sazón tres eminencias, á más de Miquis y Quevedito, y había gran ansiedad en la familia por conocer el resultado de la discusión científica. Por desgracia, el protomedicato confirmó plena y categóricamente la opinión de Miquis, respecto á la gravedad y al inminente peligro. La temida catástrofe podía tardar un día, dos, ó precipitarse en el instante menos pensado, aquella misma noche.
Quiso Cruz consultar con Torquemada si se traería el Viático, sin pérdida de tiempo; pero don Francisco, por mediación de Donoso, que era el que andaba en aquellos tratos, negóse á dar su opinión sobre tan grave materia. Su abatimiento y pesimismo quitábanle la serenidad para resolver cosa alguna. Gamborena, en tanto, con pretexto de visitar á la enferma, entró en su alcoba. La vió dormida; esperó... Un ratito después, Fidela despertaba; alegróse mucho de ver al misionero, y le dijo que quería reconciliarse. Retiráronse todos, y Gamborena, como era natural, aprovechó tan buena coyuntura para proponerle la administración del Sacramento. Acerca de la hora no hubo perfecto acuerdo, porque la enferma dijo: «mañana»; Cruz no quería contrariarla, manifestando prisa, y el padre transigió dando al mañana una interpretación ingeniosa.
—Tempranito, tempranito... Es lo mejor. Son las diez de la noche.
Don Francisco, á eso de las once, se dirigió á la alcoba, cuando ya se había iniciado el temido colapso. El mismo terror que invadía su alma le sugirió ardiente anhelo de ver el tristísimo cuadro de aquella preciosa vida, próxima á extinguirse en lo mejor de la edad, burla horrorosa de la lógica, del sentido común, y aun de las leyes de la Naturaleza, sacrosantas, sí señor, sacrosantas, cuando no se dejan influir ¡cuidado! de las arbitrariedades que vienen de arriba. Contempló á su querida esposa, lívido, desconcertado, sin acertar á proferir palabra ni queja, y allí se estuvo como estatua, sintiendo, con más fuerza que había sentido el terror de la entrada en la alcoba, el terror de la salida. No hallaba ni la palabra, ni el gesto, ni el movimiento para largarse. Por fin, Augusta, que lloraba á lágrima viva, le cogió por un brazo, diciéndole entre sollozos:
—Retírese, D. Francisco, que esto le afectará demasiado.
El hombre encontróse fuera del cuarto cuando menos lo pensaba, y silenciosamente, las manos á la espalda, los labios fruncidos, bien apretados los dientes, como si nunca más en su vida hubiese de articular palabra, se fué á su despacho, en la planta baja, donde no había nadie, pues Donoso andaba también por las alturas, tratando de algo referente á la imponente ceremonia que se preparaba.