Otro asomó con pipa en la boca, la mano izquierda metida en una bota de lacayo, cual si fuera un guante, y en la diestra un cepillo. Sin respeto al franchute, ni á la andaluza ni á los demás, empezó á vociferar colérico, gritando en medio del pasillo:

—¡Cuajo... por vida del cuajo, y del recuajo, esto es una ladronera!... ¡Quisiera ver al cochino que me ha birlado mi betún...! ¡Le quitan á uno su betún, y la sangre, y el cuajo de las ternillas!

Nadie le hacía caso. Y en medio del patio, otro, con zuecos y mandil, chillaba furioso:

—¿Quién ha cogido una de las esponjas de la cuadra? ¡Dios, que ésta es la de todos los días, y aquí no hay gobierno, ni ministración, ni orden público!

—Toma tu esponja, mala sangre—gritó una voz mujeril desde una de las ventanas altas,—para que puedas lavarte la tiña.

Se la tiró desde arriba, y le dió en mitad de la cara con tanta fuerza, que si fuera piedra le habría deshecho las narices. Risas y chacota; y el maldito francés dando prisa con paternales insinuaciones. Ya se había endilgado, sobre la gruesa elástica, la camisola de pechera almidonada y brillante, disponiéndose á completar su atavío, no sin dirigir á pinches y marmitones advertencias muy del caso para desayunarse todos pronto y bien.

Los pasillos de aquél departamento convergían, por la parte opuesta al patio, en una gran cuadra ó sala de tránsito, que de un lado daba paso á las cocinas, de otro á la estancia del planchado y arreglo de ropa. En el fondo, una ancha puerta, cubierta de pesado cortinón de fieltro, comunicaba con las extensas logias y cámaras de la morada ducal. En aquel espacioso recinto, que la servidumbre solía llamar el cuartón, una mujer encendía hornillas y anafres, otra braseros, y un criado, con mandil basta los pies, ponía en ordenada línea varios pares de botas, que luego iba limpiando por riguroso turno.

—Pronto, pronto las del señor—díjole otro que presuroso entraba por la puerta del fondo.—Estas, tontín, las gruesas... Ya se ha levantado, y allá le tienes dando zancajos por el cuarto, y rezándole al demonio Padrenuestros y Biblias.

—¡Anda! que espere—replicó el que limpiaba.—Se las pondré como el oro. No podrá él hacer lo mismo con la sarna que tiene en su alma.

—Á callar—díjole un tercero, añadiendo á la palabra un amistoso puntapié.