—¿Qué comes?—preguntó el embetunador viendo que mascullaba.

—Pan y unas miserias de lengua trufada.

De la próxima cocina venía fuerte aroma de café. Allá acudieron uno tras otro, y el de las botas, con la mano izquierda metida en una, alargó la derecha para coger, del plato que presentaba un marmitón, tajadas de fiambres exquisitos. El francés se apipaba de lo lindo, y todos le imitaron, mascullando á dos carrillos, á medio vestir unos, otros en mangas de camisa y con las greñas sin peinar.

—Prisa, prisita, amigos míos, que á las nueve hemos de ir todos á la misa. Ya oísteis anoche. Vestida toda la servidumbre.

El portero se había enfundado ya en su librea, que hasta los pies le cubría, y se refregaba las manos pidiendo café bien caliente. El ayuda de cámara recomendaba que no se dejase para lo último el chocolate del señor Marqués.

—Al tío Tor—dijo una voz bronca, que debía de ser de alguno de la cuadra,—no le gusta más que el de á tres reales, hecho con polvo de ladrillo y bellotas...

—¡Silencio!

—Es hombre, como quien dice, de principios bastos, y por él, comería como un pobre. Come á lo rico porque no digan.

—¡Á callar! ¿Quién quiere café?

—Yo y nosotros... Oye tú, Bizconde, saca la botella de aguardiente.