—La señora ha dicho que no haiga mañanas.
—Sácala te digo.
Un marmitón de blanco gorrete, bizco por más señas, repartió copitas de aguardiente, dándose prisa en el escanciar, como los otros en el beber, para que no les sorprendiera el jefe, que á tal hora solía presentarse en la cocina, y era hombre de mal genio, enemigo declarado, como la señora, de las mañanas. El francés recomendaba la sobriedad, «para no echar vaho»; pero él se empinó hasta tres copas, diciendo al concluir:
—Yo no doy olor: me lo quito con una pastilla de menta.
En esto, el estridor repentino y vibrante de un timbre les hizo saltar á todos como poseídos de pánico.
—¡La señora!... ¡la señora!
Corrieron unos á concluir de vestirse, otros á proseguir en los menesteres que entre manos traían. Una que debía de ser doncella principal, se puso de un brinco en la puerta que al interior del palacio conducía, y desde allí gritó con voz de alarma:
—¡Despacháos, gandules, y á vestirse pronto!... El que falte ya se las verá con la señora.
Un segundo repique del sonoro timbre la llevó como el viento por galerías, salas y corredores sin fin.