—Es la misa que se celebra el 11 de cada mes, porque en día 11 parece que se tiró por el balcón un hermano de las señoras, que sufría de la vista—dijo el francés á su compañero y conciudadano el jefe, que acababa de entrar, y con él dos ayudantes, portadores de varios canastos bien repletos, con la compra del día. Indiferente á todo lo que no fuera su cometido en la casa, sacudió la ceniza de la pipa y la guardó, disponiéndose á cambiar las ropas de caballero por el blanco uniforme de capitán general de las cocinas. Se vestía en el cuarto del otro francés, y allí tenía sus pipas, las raciones de tabaco de hebra, y un buen repuesto de fiambres y licores para su uso particular.
Mientras el jefe de comedor cepillaba su frac, el de cocina revisaba en su carnet, retocando cifras, la cuenta de plaza. Ya ya—murmuró.—Día 11. Por eso tenemos diez cubiertos al almuerzo... ¿Con que misa? Eso no va conmigo. Soy hugonote... Ahora recuerdo: delante de mí venía ese clérigo... Yo andaba de prisa, y le pasé en la esquina. Debe de haber entrado por la puerta grande.
—¡Eh, Ruperto!...—gritó el otro saliendo al pasillo.—Ya tienes ahí al padre Gamborena, que viene á echar la misa, y tú no has encendido la estufa de la sacristía.
—Sí señor: ya está. San Pedro, como le dice el señor Marqués por chunga, no ha llegado todavía.
—Corre... entérate... Á ver si está corriente todo el servicio del altar... paños... vino.
—Eso es cosa de Joselito... ¿Yo qué tengo que ver con la ropa de cura, ni con las vinajeras?
—Hay que multiplicarse—dijo el francés oficiosamente, poniéndose el frac y estirándose los cuellos.—¡Si uno no mete su nariz en todo, sale cada ciempiés...!
Tiró hacia las estancias palatinas, que por aquella parte empiezan en una extensa galería en escuadra, con luces á un patio. En las paredes, estampas antiguas de talla dulce, con marcos de caoba, y mapas de batallas en perspectiva caballera: el suelo, de pita roja y amarilla, como un resabio de las barras de Aragón: los cristales, velados por elegantísimos transparentes con escudos de Gravelinas, Trastamara y Grimaldi de Sicilia. Al término de esta galería una gallardísima escalera conduce á las habitaciones propiamente vivideras de la suntuosa morada. En la planta baja todo es salones, la rotonda, el gran comedor, el invernadero y la capilla, restaurada por las señoras del Águila con exquisito gusto. Hacia ella iba el bueno del francés, cuando vió que por la gran crujía que arranca del vestíbulo y entrada principal del palacio, venía despacito, sombrero en mano, un clérigo de mediana estatura, calvo y de color sanguíneo. Hízole gran reverencia el fámulo; contestóle el sacerdote con un movimiento de cabeza, y se metió en la sacristía, en cuya puerta le esperaba un lacayo de librea galonada. Con éste cambió breves palabras el francés, intranquilo hasta no cerciorarse de que nada faltaba en la capilla; disparó después algunas chirigotas á la doncella que subía cargada de ropa; fué luego á echar un vistazo al comedor chico, y desde el sintió que un coche entraba en el portal. Oyóse el pataleo de los caballos sobre el entarugado, después el golpe de la portezuela.
—Es la de Orozco—dijo el francés á su segundo, que ya tenía lista la mesa para los invitados que quisieran desayunarse después de la misa.—Dama de historia, ¿eh? Ella y la señora Marquesa son uña y carne.
En efecto, desde la puerta del comedor chico vió entrar á una esbelta dama, vestida de riguroso luto, que con la franqueza de una amistad íntima, se dirigió, sin ser anunciada, á las habitaciones altas. Otras dos y un caballero entraron luego, pasando á un salón de la planta baja. De minuto en minuto aumentaba el rebullicio de la numerosa servidumbre, y daba gusto ver las pintorescas casacas, los blancos plastrones, los fraques elegantes de toda aquella chusma. Á las nueve, bajó Cruz del Águila, dando el brazo á su amiga Augusta, y por la escalera se lamentaban de que Fidela, retenida en cama por un pertinaz ataque de influenza, no pudiera asistir á la misa. Pasaron al salón, y del salón, juntas con las otras damas, á la capilla, ocupando sitios de preferencia en el presbiterio. Lo demás lo llenó la servidumbre, hombres, mujeres y niños. Pasó revista la señora con su impertinente, á ver si faltaba alguno. No faltaban más que el jefe de la cocina y el de la familia, Excmo. Sr. Marqués de San Eloy.