El cual, en el momento de empezar la misa, salió de su habitación tan destemplado y con los humores tan revueltos, que daba miedo verle. Calzado con gruesas botas relucientes, la gorra de seda negra encasquetada hasta las orejas, bata obscura de mucho abrigo, echóse al pasillo dando tumbos y patadas, tosiendo ruidosamente y masticando entre salivazos palabras de ira. Por una escalera interior bajó al patio de las cuadras, y no encontrando allí á ninguno de los funcionarios de aquella sección, descargó toda la rociada sobre un pobre anciano, que disfrutaba un mezquino jornal temporero, y que á la sazón barría las basuras y cargaba de ellas una carretilla.

—¿Pero qué es esto, ñales? ¡El mejor día les pongo á todos en la calle, como me llamo Francisco! ¡Gandules, arrapiezos, dilapidadores de lo ajeno, canallas, sanguijuelas del Estado...! ¡Y ni tan siquiera avisásteis al veterinario para que vea la pata hinchada del Bobo (Boby, alazán, de silla) y el muermo de Marly (bayo normando, de tiro)! Que se me mueran, ¡cuerno! y el coste de ellos os los sacaré de las costillas. ¿Con que en misa? Vaya con las cosas que inventa esa para distraerme á toda la dependencia y apartar al personal de sus obligaciones. ¡Ñales, reñales!...

Metióse luego por el cuartón, que era como el punto de cita de toda la servidumbre, y no viendo á nadie, siguió hacia el interior de la ducal morada, renegando y tosiendo y carraspeando; dió dos ó tres vueltas por la galería de las estampas, y de los mapas de guerras y combates; por último, en la mitad de un terno que se le quedó atravesado entre los dientes, con parte de la grosería fuera, parte de ella dentro, pegada á la lengua espumarajosa, hallóse junto á la capilla, y oyó un sonoro tilín dos veces, tres.

—Ea, ya están alzando—dijo en un gruñido.—Yo no entro. ¿Ni á santo de qué había de entrar, malditas biblias?

Volvióse á su cuarto, donde acabó de vestirse, poniéndose levita, gabán y sombrero de copa, y empuñando en una mano los gruesos guantes de lana, en otra el bastón de puño de asta, que conservaba de sus tiempos de guerra, bajó de nuevo, á punto que terminaba el oficio divino, y los criados desfilaban presurosos, cada cual á su departamento. Las damas, dos caballeros graves, Taramundi Donoso y el señorito de San Salomó, que había ya ayudado la misa, subieron á ver á Fidela. Escabullóse D. Francisco para evitar saludos, pues aquella mañana no le daba el naipe por las finuras. Cuando vió despejado el terreno, metióse de rondón en la sacristía, donde se hallaba solo el oficiante, ya despojado de la casulla y alba, y atento á un tazón de café riquísimo con escolta de tostaditas de pan y manteca, que encima de la cajonera le había puesto, en bandeja de plata, un lacayín muy mono.

—Pues llegué tarde á la misa—díjole don Francisco bruscamente, sin más saludo ni preliminar de cortesía,—porque no me avisaron á tiempo. ¡Ya ve usted que casa ésta! Total, que no quise entrar por no interrumpir... Y créame usted... yo no estoy bueno, no señor, no estoy bueno... Debiera quedarme en la cama.

—¿Y quién le obliga á levantarse tan temprano?—dijo el clérigo, sin mirarle, tomando el primer sorbo de café.—¡Pobrecito, se levanta para ir en busca de un triste jornal, y traer un par de panecillos y media libra de carne al palacio de Gravelinas!

—No es eso, ña..., no es eso... Me levanto porque no duermo. Me lo puede creer, no he pegado los ojos en toda la noche, señor San Pedro.

—¿De veras? ¿Por qué?—preguntóle el clérigo con media rebanada entre los dientes y la otra en la mano.—Y entre paréntesis: ¿por qué me llama usted á mí San Pedro?

—¿No se lo dije?... Ya, ya le contaré. Es una historia de mis buenos tiempos. Llamo buenos tiempos aquellos en que tenía menos conquibus que ahora, en que sudaba hiel y vinagre para ganarlo, los tiempos en que perdí á mi único hijo, único no; quiero decir... pues... en que no conocía estas grandezas fantasiosas de ahora, ni había tenido que lamentar tanta y tanta vicisitud... Terrible fué la vicisitud de morírseme el chico; pero con ella y todo, vivía más tranquilo, más en mi elemento. Allí penaba también; pero tenía ratos de estar conmigo en mí, vamos, que descansaba en un oasis..., un oasis... oasis.