Salía D. Francisco de estos chapuzones espirituales más muerto que vivo, con la inteligencia como envuelta en telarañas, que se quería quitar restregándose los ojos, y tardaba horas y horas en reponerse del arrechucho. Su salud se resquebrajaba de un modo notorio, y la confianza en su fibra, que le había sostenido en las crisis hondas de su existencia, perdíase también, dando lugar al recelo continuo, á las aprensiones y manías patológicas, con algo de instintos de fuga y de delirio persecutorio. Pero su principal tormento, en aquellos aciagos días, era el odio, ya extremado y con vislumbres de trágico, que profesaba á su hermana política. Como la viudez había quebrantado toda relación entre ellos, suspendiendo las fórmulas sociales, único lazo que antes les unía, Torquemada no hablaba jamás con Cruz, ni ella pretendía en ningún caso dirigirle la palabra, y si algo era forzoso tratar pertinente al régimen doméstico, ó á intereses, Donoso se prestaba con mil amores á ser intermediario, y á traer y llevar recaditos. Bien quisiera él limar asperezas; su bello ideal era aunar voluntades; pero ¡á buena parte iba! Si en Cruz hallaba disposiciones á la concordia, el otro era como un puerco-espín, que se convertía en una bola llena de pinchos en cuanto se le tocaba. En vida de su esposa, el cariño de ésta le hacía transigir, y el transigir no era más que someterse á la voluntad de la gobernadora; pero muerta Fidela, su carácter díscolo hallaba en la ruptura de relaciones un medio fácil de eludir la tiranía. Porque, bien lo sabía él, concediendo á su enemiga los honores de la palabra, que era como decir la beligerancia, estaba perdido, porque la muy picotera le fascinaba con sus retóricas, y después se lo comía como la serpiente se come al conejillo. Por eso, valía más no exponerse al peligro de la fascinación: nada de trato, nada de familiaridades, ni siquiera el saludo, para no dejarla meter baza y hacer de las suyas.

Á veces oficiaba de legado pontificio el padre Gamborena, y á éste le temía Torquemada más que á Donoso, porque siempre acababa echándole sermones que le ponían triste, y llenaban su espíritu de zozobra y recelo.

Una tarde, cuando ya se hallaba D. Francisco muy mejorado de su dolencia, y había vuelto al tráfago de los negocios, entró en casa más temprano que de costumbre, huyendo del frío de la calle, que era seco y penetrante, y en la galería baja se encontró al misionero, que se paseaba leyendo en su breviario.

—¡Qué oportunidad, y qué felicidad, mi señor Marqués!—le dijo dándole los brazos, con los cuales el otro cruzó friamente los suyos.

IV

—¿Por qué?

—Porque yo me había propuesto no marcharme á casa sin ver á usted, y he aquí que mi señor Marqués anticipa su vuelta, quizás por razón del frío... aunque bien pudiéramos creer que le ha mandado Dios media horita antes de costumbre, para que oiga lo que tengo que decirle.

—¿Tan urgente es?... Entremos.

—¿Que si es urgente? Ya lo verá. Urgentísimo. Pensaba yo que no se me escapara usted esta noche sin aguantar una nueva jaqueca de este pobre clérigo. ¡Qué quiere usted! Cada uno á su oficio. El de mi Sr. D. Francisco es ganar dinero, el mío es decir verdades, aunque éstas sean, por su misma sencillez elemental, algo fastidiosas. Prepárese, y tenga paciencia, que esta tarde voy á ser un poquito duro.

Arrellenándose en la butaca, frente al sacerdote, Torquemada no contestó más que con un gruñido, significando así que se preparaba, y se revestía de paciencia como de una coraza.