—Los que ejercemos este penoso ministerio—dijo Gamborena,—estamos obligados á emplear las durezas cuando las blanduras no son muy eficaces que digamos. Ya usted me conoce. Sabe cuánto respeto y quiero á esta noble familia, á usted, á todos. Con el doble carácter de evangelizador y de amigo, me permitiré, pues, decir las cosas claritas. Yo soy así; ó me toman ó me dejan. Por la misma puerta por donde entro cuando me llaman, salgo si me arrojan. Despídame usted, y me iré tranquilo por haber cumplido con mi deber, triste por no haber logrado el fin moral que deseo. Y también le advierto que no sé gastar muchos cumplidos cuando se trata de faltas graves que corregir, y noto rebeldía ó testarudez en el sujeto. Más claro: que no hago caso de jerarquías, ni de respetabilidades, sean las que fueren, porque ante la verdad no hay cabeza que no deba humillarse. No extrañe, pues, mi Sr. D. Francisco, que en el asunto que aquí nos reune, le trate como á un chiquillo de escuela... No, no hay que asustarse: he dicho «como á un chiquillo de escuela», y no me vuelvo atrás, porque yo, aunque nada soy en el mundo, ahora, por mi ministerio, maestro soy, y de los más impertinentes, y usted frente á mí, mediando el caso moral que media, no es el señor Marqués, ni el millonario, ni el respetabilísimo senador, sino un cualquiera, un pecadorcillo sin nombre ni categoría, que necesita de mi enseñanza. Á ella voy, y si doy palmetazo que duele, aguantar y á corregirse.
—Á ver por dónde sale este tío—dijo Torquemada para su sayo, tragando saliva, y revolviéndose en el sillón. Y luego, en alta voz, con cierta displicencia:—Bueno, señor mío, diga pronto lo que...
—¡Si usted lo sabe! ¿Apostamos á que lo sabe?
—Alguna encomienda fastidiosa de mi señora hermana política. Á ver: plantee usted la cuestión.
—La cuestión que planteo es que usted ofende á Dios gravemente, y ofende también á la sociedad, alimentando en su corazón el odio y la soberbia... el odio, sí, contra esa santa mujer, que ningún daño le ha hecho... al contrario, ha sido para usted un ángel benéfico, y ese aborrecimiento infame con que paga las atenciones que de ella ha recibido, y esa soberbia con que se aleja de su compañía y de su trato, son pecados horribles con que usted ennegrece su alma y la prepara para la condenación eterna.
Dijo esto el misionero con tan soberana convicción, con énfasis tan pujante en la palabra y el gesto, que no parecía sino que le acuchillaba, cosiéndole á cintarazos con una luenga y cortante espada. El otro se tambaleó, aturdido á los golpes, y de pronto no supo qué decir, ni hacer otra cosa que llevarse las manos á la cabeza. Pero no tardó en volver sobre sí, y la bilis y destemplanza de sus tiempos tristes se le recargaron prontamente. Hallábase, además, aquel día, de mal talante, por no ver claro en cierto negocio: ésta y las otras causas despertaron en él, de súbito al hombre grosero. Fué un espectáculo tristísimo verle resurgir, cuadrarse, y contestar con flemática impertinencia:
—¿Pero usted, señor cura, qué tiene que ver si hablo ó no hablo con mi cuñada? ¿Quién le mete á usted en cosas que no tocan á la conciencia, sino á la libre voluntad del derecho del individuo? Esto es abusar, ¡ñales! Esto no lo aguanto yo, ni lo aguantaría ninguna personalidad de medianas circunstancias y luces.
—Pues lo dicho dicho, señor Marqués—replicó el otro con entereza.—Hablo como padre de almas. Usted rechaza la exhortación. Enhorabuena, y con su pan se lo coma. Repítalo usted, repita que no se digna oirme, y verá qué pronto le dejo en paz, quiero decir, en guerra con su conciencia, ¡con su conciencia! un fantasma que de fijo no tiene la cara muy bonita.
—No, yo no he dicho que se vaya...—balbuceó Torquemada, serenándose.—Hable usted si quiere. Pero no me convencerá.
—¿Que no?