—Corriente—dijo D. Francisco.—Pero antes, fíjese una línea de conducta...

—Eso allá ustedes. Como sacerdote, yo procuro las paces, las propongo, las solicito. Hablo á los corazones, no á los intereses. Que uno y otro piensen en Dios y se reconozcan hermanos, y vivan en la concordia y el amor. Conseguido esto, traten ampliamente de las prerrogativas de cada uno, y de los presupuestos de la casa, las economías y toda esa música. Tenga usted presente, que si la reconciliación es puramente externa y de fórmula, si celebrando un convenio, ó modus vivendi, para figurar ante el mundo la cordialidad de relaciones, continúa el rencor escondido en el alma, nada se adelanta. Engañará usted á la sociedad, á Dios no. Sin la pureza de la voluntad, mi señor D. Francisco, no podrá aspirar, ya se lo dije en otra ocasión, á los bienes eternos.

—¡Dale, bola...!

—Sí, sí, y antes se cansará usted de ser malo que yo de reprenderle y exhortarle. En resumen señor mío: no basta que usted haga paces de comedia con su hermana política, y le hable, y se concuerden para el gobierno. Es preciso que le perdone usted cuantas ofensas crea haber recibido de ella, y que el aborrecimiento se convierta en amor, en fraternal cariño.

—Y si no puedo conseguir eso—preguntó Torquemada con viva curiosidad,—¿qué me pasará?

—Bien lo sabe usted, pues aunque ignora muchas cosas esenciales, no creo que se le haya olvidado el A B C de la doctrina cristiana.

—Ya, ya—indicó el tacaño con afectado humorismo de librepensador.—Para los que aman es el Cielo, y el Infierno para los que aborrecen. Por mucho que usted me predique, padrito, no me convencerá de que yo he de condenarme.

—Eso... usted verá.

—No, si ya lo tengo bien visto. ¡Pues no faltaba más! ¡Condenarme! En cierta ocasión me dijo usted que las puertas del Cielo no se abrirían para mí, y... vamos, aquello me afectó. Algunas noches me pasé sin dormir, devanándome los sesos, y diciéndome: «pero yo ¡ñales! ¿qué he hecho para no salvarme?...»

—Vale más que se pregunte usted: «¿qué hago yo para merecer mi salvación?» Me veo obligado á repetírselo, señor Marqués. Para ese fin sin fin no hace usted nada, ó hace todo lo contrario de lo que debiera. ¿Tiene usted fe? No padre. ¿Cree usted lo que todo buen cristiano está obligado á creer? No padre. ¿Sofoca usted sus malas pasiones, destierra de su alma el rencor, ama usted á los que debe amar? No padre. ¿Pone frenos al egoísmo, haciendo todo el bien posible á sus semejantes? No padre. ¿Distribuye entre los menesterosos las enormes riquezas que le sobran? No padre. Y el hombre que de tal modo se conduce, el hombre que, próximo ya al fin de la vida, no se cura de purificar su conciencia y de sanarla de tanta podredumbre, se atreve á decir: «que me abran la puerta de la morada celestial, pues allá voy yo, dispuesto á empujarla con mis manos puercas, ó á sobornar al portero, que para eso me hizo Dios millonario, y marqués, y personaje eximio...»