V
Reíase D. Francisco, afectando regocijarse con la broma; pero se reía de dientes afuera; que por dentro, sábelo Dios, le andaba como un diablillo vivaracho que se le paseaba por toda el alma causándole susto y turbación.
—Ría, ría usted, y écheselas de filósofo y de espíritu fuerte—le dijo Gamborena,—que ya me lo dirá luego.
—¿Pero de donde saca usted, mi señor misionero, que yo no creo?
—¿Cumple usted con la Iglesia?
—Hombre, le diré á usted...
—¿Á qué espera? Á fe que es usted un jovenzuelo rebosando salud, para que pueda decir como otros tales: «tiempo hay, tiempo hay.»
—No, ya sé que no hay tiempo—dijo el tacaño con súbita tristeza, y sintiendo que la afectada risa se resolvía en contracciones dolorosas de los músculos de su cara.—Esta máquina se descompone, y aquí dentro, hay algo que... que...
—Dígalo claro, algo que le aterra... Naturalmente, ve usted la pérdida de los bienes materiales, el término de la vida. Los desdichados que no saben ver el más allá, ven un vacío... un vacío, ¡ay! que seguramente no tiene nada de agradable... Ea, mi señor Marqués, ¿quiere usted, sí ó no, que los últimos días de su vida sean tranquilos; quiere usted, sí ó no, prepararse para mirar con ánimo sereno el trance final, ó el paso de lo finito á lo infinito? Respóndame pronto, y aquí me tiene á su disposición.
—Pues hablando en plata—replicó el de San Eloy, con ganas de rendirse, pero buscando la manera de hacerlo sin sacrificio de su amor propio,—yo acepto cualquier solución que usted formule. Dificilillo le será convencerme de ciertas cosas. Por algo la desgracia le ha hecho á uno filósofo. Aquí, donde usted me ve, yo soy muy científico, y aunque no tuve estudios, de viejo he mirado mucho las cosas, y estudiado en los hombres y en los fenómenos naturales... Yo miro mucho al fenómeno práctico donde quiera que lo cojo por delante. Ahora bien: si ello consiste en ser uno bueno, téngame á mí por un pedazo de pan. ¿Hay que dar algo á los necesitados? Pues no hay inconveniente. Con que... ya tiene usted á su salvaje convertido.