—Poquito á poco. No es cosa de coser y cantar. Pero no quiero atosigarle, y hoy por hoy, me contento con la buena disposición. Seré su conquistador, y le atacaré con cuantas armas hallo en mi arsenal evangélico.
—Corriente—dijo D. Francisco, volviendo á tomar el airecillo de senador enfatuado que discute un punto de administración ó de política menuda.—Conste que desde hoy mi objetivo es ganar el Cielo, ¿eh? Ganarlo digo, y sé muy bien lo que significa la especie.
—Que no es lo mismo que ganar, dos, tres mil, cien mil duros, en una operación. El dinero se gana con la inteligencia, con la travesura, á veces con perfidia y malas artes; el Cielo se gana con las buenas acciones, con la pureza de la conciencia.
—Todo ello es facilísimo, en mi sentir. Y aquí me tiene dispuesto á obedecerle en cuanto quiera mandarme, tocante al dogma y á la conciencia.
—Está bien.
—Pero siempre es uno filósofo y científico... no se puede remediar. De poeta no tengo ni un ápice, gracias á Dios. Me da por pensar, y dilucido á mi manera el fenómeno de acá y de allá. La duda me pica, y francamente, duda uno sin sospecharlo, sin quererlo. ¿Por qué duda uno? Pues porque existe, ea. Seamos científicos, no poetas. El poeta es un gaznápiro que tiene el aquel de las palabras bonitas, un alcornoque que echa flores, ¿me entiende usted? Pues sigo. Vamos á hacer un arreglo, señor Gamborena.
—¿Un arreglo? Aquí no hay más arreglo que poner usted su conciencia en mis manos y dejarse llevar.
—Á eso voy—y diciendo esto, acercó el marqués su sillón al del sacerdote, para poder darle palmaditas en las rodillas.—Francisco Torquemada está dispuesto á dejarse gobernar por el padre Gamborena, como el último de los párvulos, siempre que el padre Gamborena, le garantice...
—¿Qué es eso de garantizar?
—Calma. Soy muy claro cuando trato de negocios... Es en mí inveterada costumbre el ponerlo todo muy clarito, y atar bien los cabos...