—Pero el negocio del alma...

—Negocio del alma, por decirlo así... Aludo á la entidad que llamamos ánima, que suponemos es un capital cuantioso y pingüe, el primero de los capitales.

—Bueno, bueno.

—Y naturalmente, yo, tratando de la colocación de ese saneado capital, y de asegurarlo bien, tengo que discutir con toda minuciosidad las condiciones. Por consiguiente, yo le entrego á usted lo que me exige, la conciencia... Bueno... Pero usted me ha de garantizar que, una vez en su poder mi conciencia toda, se me han de abrir las puertas de la Gloria eterna, que ha de franqueármelas usted mismo, puesto que llaves tiene para ello. Haya por ambas partes lealtad y buena fe ¡cuidado! Porque, francamente, sería muy triste, señor misionero de mis entretelas, que yo diera mi capital, y que luego resultara que no había tales puertas, ni tal Gloria, ni Cristo que lo fundó....

—¿Con que nada menos que garantía?—dijo el clérigo montando en cólera.—¿Soy acaso algún corredor, ó agente de Bolsa? Yo no necesito garantizar las verdades eternas. Las predico. El pecador que no las crea, carece de base para la enmienda. El negociante que dude de la seguridad de ese Banco en que deposite sus capitales, ya se las entenderá luego con el demonio... Hay que tener fe, y teniéndola, hallará usted la garantía en su propia conciencia... Y, por último, no admito bromas en este terreno, y para que nos entendamos, olvide usted las mañas, los hábitos y hasta el lenguaje de los negocios. Si no, creeré que es usted cosa perdida, y le abandonaré á las tristezas de su vejez, á los temores de su mala salud, y á los espantos de su conciencia llena de sombras.

Pausa. D. Francisco se echó para atrás en el sillón, y se pasó las manos por los ojos.

—Penétrese usted de las grandes verdades de la doctrina, tan fáciles, tan sencillas, tan claras, que la inteligencia del niño las comprende—dijo el misionero con bondad,—y no necesitará que yo le garantice nada. Yo podría decir: «Respóndame usted de su enmienda, y las puertas se abrirán.» Lo primero es lo primero. Pero usted, como buen egoísta, quiere que vaya por delante la seguridad de ganancia. Le dejo á usted para que piense en ello.

Levantóse el padrito; pero Torquemada le agarró por un brazo, obligándole á sentarse.

—Un ratito más. Quedamos en que me reconciliaré con Cruz. La idea es plausible. Por algo se empieza.

—Sí, pero con efusión del alma, reconciliación verdad, no de dientes afuera.