—Pues mire usted, trabajillo me ha de costar, si ha de ser en esos términos y con todo el rigor de las condiciones sine qua nones... En fin, se hará lo que se pueda, y por el pronto, hablemos reiteradamente de estas cosas, que me ensimisman más de lo que parece. Yo sostengo que debe uno pensar en ello, y prepararse por lo que pueda tronar. Al fin y á la postre, usted, reverendísimo señor San Pedro, me abrirá la puerta, pues por algo somos amigos, y...

—Ni yo soy el portero celestial—dijo Gamborena cortándole la palabra,—ni, aunque lo fuera, abriría la puerta para quien no mereciese entrar. Tiene usted la cabeza llena de consejas ridículas, de cuentos irreverentes y absurdos.

—Pues ya que habla de cuentos, voy á referirle uno muy viejo que puede interesarle. El por qué y el cómo y cuándo de esta costumbre que tengo de llamarle á usted San Pedro.

—Venga, venga.

—Se ha de reir. Es una tontería. Cosas de nuestra imaginación, que es la gran cómica. Parece mentira que siendo uno tan científico, y no teniendo pizca de poeta, se deje embaucar por esa loquinaria. Pues ello pasó hace muchos años, cuando yo era un pobre, ó poco menos, y me cayó enfermo el niño, de aquella perra enfermedad que se lo llevó, un ataque á la cabeza, vulgo meningitis[*]. No sabiendo qué hacer para conseguir que Dios me salvara al hijo y abrigando mis sospechas de que lo mismo el Señor que los santos me tenían entre ojos porque era un poquitín tirano para los pobres, se me ocurrió que variando de conducta y haciéndome compasivo, los señores de arriba se apiadarían de mi aflicción. Generoso, y aun despilfarrado y manirroto fuí. ¿Cree usted que me hicieron caso? Como si fuera un perro... ¡Y luego dicen...! Más vale callar.

[*] Torquemada en la Hoguera.

—La caridad debe practicarse siempre y por sistema—dijo el clérigo con severidad dulce,—no en determinados casos de apuro, como quien pone dinero á la Lotería con avidez de sacar ganancia. Ni se debe hacer el bien por cálculo, ni el Cielo es un Ministerio, al cual se dirigen memoriales para alcanzar un destino. Pero dejemos esto, y adelante.

—Á lo que iba diciendo. Salía una noche, desesperado y hecho un demonio, quiero decir, afligidísimo, porque el niño estaba muy grave. Resuelto iba á dar limosna á todo pobre que cogiera por delante. Y así lo hice, me lo puede creer. Repartí porción de perras grandes y chicas, amén de los cuantiosos beneficios que había hecho aquella mañana en mi casa de la calle de San Blas, perdonando picos de alquileres, y dando respiro á los inquilinos morosos... gente mala, ¡ay! gente muy mala, entre paréntesis... Pues, como digo, iba yo por la calle de Jacometrezo, y allá, cerca del Postigo de San Martín me encontré á un vejete que pedía limosna tiritando de frío. Estaba el pobrecillo en mangas de camisa, viéndosele el pecho velludo, los pies descalzos, la poca ropa que llevaba toda hecha girones. Me dió mucha lástima. Hablé con él, y le miré bien á la cara. Y aquí entra la primera parte de la gracia del cuento, que si no fuera por el chiste, vulgo coincidencia, no merecería ser contado.

—¿Tiene dos partes la gracia?

—Dos. La primera coincidencia es que aquel hombre se me pareció á un San Pedro, imagen de mucha devoción, que podrá usted ver en San Cayetano, en la primera capilla de la derecha, conforme se entra. La misma calva, los mismísimos ojos, el cerquillo rizado, las facciones todas, en fin, San Pedro vivo y muy vivo. Y yo conocía y trataba á la imagen del apóstol como á mis mejores amigos, porque fuí mayordomo de la cofradía de que él era patrono, y en mis verdes tiempos le tuve cierta devoción. San Pedro es patrono de los pescadores; pero como en Madrid no hay hombres de mar, nos congregábamos para darle culto los prestamistas que, en cierto modo, también somos gente de pesca... Adelante. Ello es que el pobre haraposo era igual, exactamente igual al santo de nuestra cofradía.