—¿Y le dió usted limosna?
—¡Toma! Le dí mi capa. ¿Pues qué se creía usted? Yo no las gasto menos.
—Está bien.
—Pero, seamos justos, no le dí la capa que llevaba puesta, que era el número uno, sino otra vieja que tenía en casa. Para él buena estaba.
—Siempre es un acto muy meritorio, sí señor... ¡vaya!
—Pues se me quedó tan presente en la memoria la cara de aquel hombre, que pasaron años y años, y no le podía olvidar; y cambié de fortuna y de posición, y siempre con aquel maldito santo, fresco y vivo en mi magín. Pues señor, pasa tiempo, y un día, cuando menos en ello pensaba, se me presenta otra vez en carne y hueso, con alma, con vida, con voz, la misma entidad, aunque con traje muy distinto. Aquí tiene usted la segunda parte de la gracia del cuento. Mi San Pedro era usted.
—Sí que es gracioso. ¿De modo que me parezco...?
—Al que me pidió limosna aquella noche, y por ende, al santo apóstol de marras.
—¿Y aquel San Pedro tenía llaves?
—¡Vaya! y de plata, como de una tercia.