—Pues en eso no nos parecemos.

—La cara es la misma, esa calva, esas arrugas, el cerquillo, los ojos como alumbrados, y las facciones todas, boca y nariz, y hasta el metal de voz. Sólo que aquél no se afeitaba, y usted sí... ¡Pero qué parecido tan atroz, Señor! El día que usted entró en casa, yo me asusté, crea que me asusté, y se lo dije á Fidela, sí, le dije: «Este hombre es el demonio.»

—¡Jesús!

—No, fué un dicho, nada más que un dicho. Pero me dió qué pensar, y todo se me volvía discurrir si usted tenía llaves ó no tenía llaves.

—No las tengo—dijo Gamborena festivo, levantándose.—Pero para el caso de conciencia es lo mismo. No se apure. Las llaves las tiene la Iglesia, y quien puede abrir aquellas puertas, me transmite á mí su poder y á todos los que ejercemos este ministerio divino. Con que disponerse para la entrada. ¿Quedamos en que se efectuará la reconciliación?

—Quedamos en ello. ¿Pero se va ya?

—Sí; que ustedes van á comer. Es muy tarde. Reconciliación verdad. De lo demás hablaremos pronto, pues me parece que no estamos para dar largas al asunto.

—No. Desde hoy, la cuestión queda sobre el tapete. Y usted tratará de ello cuando guste.

—Bueno. Adiós. Me ha hecho gracia el cuento. Tenemos que repetir lo de la capa, quiero decir, que yo se la pido á usted otra vez, y tiene que dármela.

—Corriente.