He aquí que el propio Matías Vallejo se le puso delante, y quitándose la gorra con muestras de tanto respeto como alegría, le dijo:

—¡Señor D. Francisco de mi alma, usted en estos barrios, usted mirando estas pobrezas!

—¡Ah! Matías, pensaba preguntar por tí. ¿Es esta tu casa? ¿Y la tienda, dónde está?

—Venga, venga conmigo—dijo aquel pedazo de animal, llevándole de una mano, para lo cual fué preciso romper á codazo limpio el círculo de curiosos que al instante se formó.

Componían la persona de Matías Vallejo una panza frailuna, revestida del verde mandil con rayas negras, por abajo unos pies que apenas cabían dentro de inconmensurables pantuflas de alfombra, y por arriba una cabeza que era lo mismo que un gran tomate con ojos, boca y narices. Sobre todo esto, una afabilidad campechana, una risa bramadora, y un mirar acuoso y tierno, que indicaban la paz de la conciencia, el vinazo y la vida sedentaria. Con este hombre que á la sazón contaba sesenta años, y contaría más, si no reventaba pronto como un pellejo al que se le cascan las costuras y se le corre la pez, tuvo D. Francisco amistad íntima en otros tiempos. En los de sus grandezas, fué la única persona de aquellos barrios con quien se trató pasajeramente. Matías Vallejo, rompiendo por todas las etiquetas, se presentó dos ó tres veces en la casa de la calle de Silva y en el palacio de Gravelinas, á pedir un auxilio pecuniario al amigo de antaño, y éste se lo prestó gentilmente, sin interés, caso inaudito del cual no hay otro ejemplo en la historia del grande hombre. Verdad que Vallejo cumplió bien, y los réditos se los pagó en gratitud; que era hombre de buena cepa, y también de circunstancias, á su manera tosca.

Pues, como digo, lleváronle á la tienda, y de ésta á la trastienda, casi en triunfo, y le sentaron junto á una mesa de palo mal pintado, en la cual las culeras de los toscos vasos habían dejado círculos de moscatel pegajoso, que una mujer refregó, más que limpió, con un trapo. Vallejo, su hija y yerno, y otras dos personas que en la trastienda había, estaban como atontados con tan extraordinario y excelso huésped, y no sabían qué decirle, ni qué obsequios hacerle para cumplir, y dejar bien puesto el pabellón de la casa. Iban de aquí para allá, azorados: la mujerona contenía la irrupción de los parroquianos entrometidos que quisieron colarse detrás de D. Francisco; Vallejo se reía como un fuelle, y el yerno se rascaba la cabeza, quitándose la gorra y volviéndosela á poner.

—¡Vaya, vaya, D. Francisco por aquí! ¡Qué sorpresa... venir á honrar este pobre tenducho... tú, un señor Marqués...!

En otro tiempo se tuteaban Torquemada y Vallejo. Éste cayó en la cuenta de que á tiempos nuevos, tratamientos nuevos, y mordiéndose la lengua como por vía de castigo, juró tener más cuidado en adelante.

—Pues venía paseando—dijo D. Francisco, algo afectado por los agasajos de aquella buena gente,—y dije digo: voy á ver si ese pobre Vallejo se ha muerto ya, ó si vive... Yo he estado muy malito.

—Lo oí decir... y crea que lo sentí de veras.