—Pero ya estoy en la convalecencia, en plena convalecencia gracias á mi determinación de tomar el aire, y de... zafarme de médicos y boticas.
—Ya... Si no hay nada como el santo aire, y la vida de pueblo. Lo que digo: vosotros los de sangre azul que os cuidáis más de la cuenta, vivís poco.
—No, pues lo que es yo, no la entrego á dos tirones. ¡Biblias pasteleras! Mira, Matías, sin ir más lejos, hoy mismo le he dado una patada á la muerte, que... Vamos, que la he mandado á hacer puñales... ¡já, já!... Y díme una cosa: ¿podría yo almorzar aquí?
—¡Ave María Purisima!... ¡Me caso con San Cristóbal!... ¡Que cosas dice usted!... ¡Nicolasa, ¡jinojo! que quiere almorzar!... Colasa, y tú, Pepón, ¡que almuerza en casa! ¡Vaya una honra! Pronto, á ver... ¿hay perdices?... Si no, que las traigan. Tenemos un cochinillo que es para chuparse los dedos.
—No, cochinillo no.
—¡Colasa!... Pero ¿qué haces? ¡Que Su Excelencia quiere almorzar! Más honor que si fuera el Emperador de todas las Alemanias y de todas las Rusias.
Creyérase que se habían vuelto locos. Vallejo lloraba de risa, y pateaba de contento. Él mismo limpió nuevamente la mesa con su delantal verde, mientras Nicolasa traía manteles y servilletas de gusanillo de lo que guardaba en las arcas, pues el servicio de la taberna no era para tan gran personaje. Debe advertirse que taberna y tienda componían el establecimiento de Vallejo, ambas industrias administradas en común, y los dos locales comunicados por la trastienda.
—Hay de todo—dijo Vallejo á su amigo:—chuletas de cerdo y de ternera, lomo adobado, aves, besugo, jamón, cordero, calamares en su tinta, tostón, chicharrones, sobreasada, el rico chorizo de Candelario y cuanto se quiera, ea, ¡me caigo en el puente de Toledo! cuanto se quiera.
—No has nombrado una cosa que he visto en tu vidriera, y que me entró por el ojo derecho cuando la ví. Es un antojo. Me lo pide el cuerpo, Matías, y pienso que ha de sentarme muy bien... ¿No caes? Pues judías, dame un platito de judías estofadas, ¡cuerno!, que ya es tiempo de ser uno pueblo, y de volver al pueblo, á la Naturaleza, por decirlo así.
—¡Colasa!... ¿oyes? ¡Quiere judías... un excelentísimo senador... judías! ¡Válgate Dios, qué llano y qué...! Pero también tomará usted una tortilla con jamón, y luego unas magras...