—Por de pronto las judiítas, y veremos lo que dice el estómago, que de seguro ha de agradecerme este alimento tan nutritivo y tan... francote. Porque yo tengo para mí, Matías, que todo el condimento español y madrileño neto cae mejor en los estómagos que las mil y mil porquerías que hace mi cocinero francés, capaces de quitarle la salud al caballo de bronce de la Plaza Mayor.

—Diga usted que sí, ¡jinojo! y á mí nadie me quita de la cabeza que todo el mal que el señor don Francisco tuvo, no fué más que un empacho de tanta judía cataplasma y de tanta composición de salsas pasteleras, que más parecen de botica que de mesa. Para arreglar la caja, señor Marqués, no hay más que las buenas magras, y el vino de ley, sin sacramento. No le diré á vuecencia que estando delicado, tome carne del de la vista baja, con perdón; pero unas chuletas de ternera tengo aquí, que asadas en parrillas resucitan á un muerto.

—Las cataremos—dijo el prócer, empezando á comer las judías, que le sabían á gloria.—Mentira me parece que coma yo esto con apetito, y que me caiga tan bien. Nada, Matías, como si de ayer á hoy me hubieran sacado el estómago para ponerme otro nuevo... Riquísimas están tus judías. No sé los años que hace que no las probaba. Aquí traería yo á mi cocinero á que aprendiese á guisar. Pues no creas; me cuesta cuarenta duros al mes, sin contar lo que sisa, que debe de ser una millonada, créetelo, una millonada.

Matías hacía los honores á su huésped comiendo con él, para incitarle con el ejemplo, que era de los más persuasivos. Trajeron, además, vinos diferentes, para que escogiesen, prefiriendo los dos un Valdepeñas añejo, que llamaba á Dios de tú. Después de saborear las alubias, notó el Marqués con alegría que su estómago, lejos de sentir fatiga ó desgana, pedíale más, como colegial sacado del encierro, que se lanza á las más locas travesuras. Venga la tortilla con jamón ó chorizo de lo bueno; vengan las chuletas como ruedas de carro, bien asaditas y con su albarda de tomate, y sobre todo, tira de Valdepeñas para macerar en el buche toda aquella substancia y digerirla bien.

Cuantas personas entraban en la trastienda, ya fueran á ver al Sr. Matías, ya llegaran con intenciones de tomar algo en las otras mesas, quedábanse como quien ve visiones ante la presencia del Sr. de Torquemada, y unos por no conocerle, otros por haberle conocido demasiado, abrían un palmo de boca. Y el respeto que tan gran personaje á todos infundía les tuvo silenciosos, hasta que Vallejo, á mitad del almuerzo, animándose con el vinillo y con los vapores de su propia satisfacción, les dijo:

—Blas, y tú, Carando, y tú, Higinio, no seáis pusilámines, ni tengáis cortedad. Arrimáos aquí, que el señor Marqués no se avergüenza de alternar, y es un señor muy democrático y muy disoluto.

Arrimáronse, y D. Francisco les hizo una de aquellas graves reverencias que aprendido había en sus tiempos de aristocracia. Hizo Matías la presentación en estilo llano:

—Este Blas es el Ordinario de Astorga, y aquí, donde usted le ve, no se deja ahorcar por treinta mil duros. Higinio Portela, es sobrino de aquel Deogracias Portela, que tuvo la pollería de la Cava... ¿se acuerda usted?

—¡Oh! sí, me acuerdo... ya... Deogracias... Por muchos años.

—Y este Carando es un burro, con perdón, porque tenía el negocio de animales muertos, y por pleitear con los González de Carabanchel Bajo se quedó sin camisa. Total, que todos aquí, mil duros más ó mil duros menos, semos unos pelagatos en comparanza con tu grandeza, con la opulencia opípara del hombre que, si á mano viene, tiene más millones en sus arcas que pelos en la cabeza.