—No exagerar, no exagerar—dijo D. Francisco con afectación de modestia.—No creáis las aseveraciones del vulgo... He trabajado mucho, y pienso trabajar más todavía, para reparar los quebrantos que esta jeringada enfermedad me ha traído. Gracias que hoy me rejuvenezco, y según la gana con que cómo y lo bien que me cae, paréceme que nunca estuve enfermo ni volveré á estarlo en los días que me quedan de vida, que serán muchos, pero muchos...
X
Alzaron los vasos y bebieron á la salud del más democrático de los próceres y del menos orgulloso de los plebeyos enriquecidos, aunque ni estas palabras ni otras semejantes emplearon los bebedores: la idea estuvo tan sólo en su ruda intención y en el mugido con que la expresaron. Inundado de un gozo juvenil se sentía Torquemada: muy satisfecho de lo bien que se portaba su estómago, no sabía qué alabar más, si el excelente sabor de lo que comía, ó la gallarda franqueza de aquella gente sencilla y leal que tan de corazón le festejaba. Por cierto que al comprender la necesidad de pagar verbalmente sus agasajos, pensó también, con seguro juicio, que en tal lugar y ante tales personas debía sostener la dignidad de su posición y de su nombre, empleando el lenguaje fino que no sin trabajo aprendiera en la vida política y aristocrática.
—Señores—les dijo, rebuscando en su magín las ideas nobles y los conceptos escogidos,—yo agradezco mucho esas manifestaciones, y tengo una verdadera satisfacción en sentarme en medio de vosotros, y en compartir estos manjares suculentos y gastronómicos... Yo no oculto mi origen. Pueblo fuí, y pueblo seré siempre... Ya sabrán que en la Cámara he defendido á las clases obreras y populares... Para que la Nación prospere, es menester que entre las clases no haya antagonismos, y que fraternicen tirios y troyanos...
—Vean, vean—exclamó Matías, á quien el entusiasmo puso rojo, ó más bien de color de moras negras.—Lo mismo vus dice hoy este hombre que vus dije yo ayer. Que se den la mano las clases, los de la grandeza y los artistas, para que haiga orden público y prosperidad nacional.
—Es que entre vuestras ideas y las mías—dijo Torquemada, emprendiéndola valiente con la carne,—hay muchos puntos de contacto.
—¡Si todos los de arriba—indicó el llamado Carando,—fueran como los de ciertas casas principales que yo conozco!... No lo digo porque esté delante el Sr. D. Francisco; que ayer también lo dije. Pues el cuento es que hay ricos, y todos no son como los de la familia del que me oye. No haiga miedo de que ningún pobre de estos barrios se muera de hambre, mientras exista esa señora del Águila, que anda de bohardilla en bohardilla averiguando dónde hay bocas abiertas para taparlas, y carnes desnudas para vestirlas. Yo la he visto, y en mi casa de la calle del Nuncio, más de cuatro le deben la vida.
—Es verdad—afirmó el llamado Higinio.—Y á mí también me consta. Á unos vecinos míos les libró al hijo de quintas, y á la chica le compró la máquina de coser.
—Ya, ya—dijo el de San Eloy sin mirarles, comprendiendo que debía mantener allí, no sólo su dignidad, sino la de toda la familia.—Mi hermana política, Cruz del Águila... Es una santa.
—Pues que viva mil años, y á su salud echemos la primera copa de moscatel.