—Basta, basta, hombre, no seas bruto. ¿Me tomas á mí por un bombo?... ¡Ay, ay...! Ya parece que cede algo... Es flato, nada más que un flato que se atraviesa... brrr...

Trató de echar fuera el temporal, provocando regurgitaciones, que se le frustraban á medio camino, dejándole peor que estaba. El condenado anís le produjo algún alivio á poco de beberlo, y vuelta á tomar la palabra, y á expresar su contento.

Abundo en vuestras ideas, quiero decir, que pienso lo mismo que pensáis vosotros sobre la... ¿Eh?... tú, ¿de qué estábamos hablando?... Vaya, que se me escapa toda la memoria... ¡Biblias, cómo se me olvidan las cosas!... Eh, tú, ¿cuál es tu gracia? ¡Mira que olvidárseme cómo te llamas tú!

—Matías Vallejo, para servirte—replicó el anfitrión, que con tanto comer y beber, se sentía inclinado á la confianza.—¿Qué? ¿te da otra vez el soponcio?... Paquillo, ¿qué es eso?... So bruto... ¡Si no es más que el jinojo del viento!... Échalo, échalo pronto, con cien mil pares de bolas... ¡Arreando!

Y vuelta á los palmetazos en la espalda. Mientras el otro le administraba la medicina, inclinábase D. Francisco hacia adelante, rígido, hinchado, como un costal repleto y puesto de pie, que pierde el equilibrio.

—Basta: te digo que basta. Tienes una mano que parece un pisón para adoquinar las calles... ¡recuerno!... Pues ya he recobrado la memoria; ya sé lo que iba á deciros, señores comensales... Pues, alguno de vosotros manifestó que se debía dar algo á mi cochero, que está esperándome ahí fuera... y yo... cabal... yo dije: «Señores, abundo en vuestras ideas, ó en otros términos pienso también que se debe dar algo á ese borrachón de mi cochero.»

—Pues es verdad—gruñó Matías.—No me acordaba. ¡Colasa...!

—Y á este tenor, sigo diciéndote—prosiguió don Francisco con evidente dificultad para mantener derecho su cuerpo,—que no me encuentro muy bien que digamos. Parece que me he tragado la cruz de Puerta Cerrada, que desde aquí veíamos por la ventanilla... ¡Toma, ya no la veo!... ¿Dónde se habrá ido esa arrastrada... cruz... Cruz?... He dicho Cruz, y no me vuelvo atrás...

—¡Pacorro de mi alma!—exclamó Matías abrazando con violencia el cuerpo de D. Francisco, que en uno de aquellos vaivenes fué á chocar contra el suyo,—te quiero como á un hijo... Para que se nos despeje la cabeza, venga café... ¡Colasa!

—Café moka—dijo Torquemada con ansia, abriendo no sin esfuerzo sus párpados, que á todo trance se le querían cerrar.—Café...