—¿Con ron, ó caña?
—También hay fin-champán.
—Señores—murmuró el Marqués de San Eloy con mugidos más que con palabras,—yo estoy mal, muy mal... El que diga que yo me encuentro bien, falta á la verdad... á la verdad de los hechos... He comido como el más tragón de todos los Heliogábalos... Pero, yo juro por las santísimas biblias en pasta, que lo tengo de digerir, para que allá no digan... para que no se ría de mí esa, la otra, la... ¡Cuerno con la memoria! Dí tú, Matías, ¿cómo se llama esa...?
—¿Quién?
—Esa... la hermana de mi difunta... Se me ha olvidado el nombre... Mira tú, hace un rato la estaba viendo por el ventanillo... por allí...
—Ya... la cruz de Puerta Cerrada.
—¡Ah!... Puerta Cerrada se llama... la cruz es ésta, no... la otra... y la Puerta Cerrada es la Cruz que yo tengo dentro de mi cuerpo y que no puedo echar fuera... cruz del diablo, y puerta del Cielo que no quiere abrirse, y puerta cerrada del Infierno... Oye..., ¿cómo se llama ese marrano de clérigo...? el de las municiones, measiones, misiones ó como quiera que se diga. Díme cual es su gracia que quiero soltarle cuatro frescas... Entre él y la gata gazmoña de Gravelinas concibieron el plan de envenenarme... Y lo llevaron á cabo... Ya ves... cómo me han puesto... Me metieron en el cuerpo esta casa... ¿Cómo la echo yo ahora, cuerno, biblias pasteleras... ñales de San Francisco?
Cayó del lado contrario al sitio que ocupaba Matías, y fué á dar contra una silla, que le impidió rodar al suelo. Acudieron todos á él. No sabían si enderezarle ó tenderle, poniendo en fila dos ó tres banquetas. Gruñendo como un cerdo, se retorcía con horrorosas convulsiones. Por fin, brrr... El suelo de la trastienda era poco para todo lo que salió de aquel cuerpo mísero.. ¡Colasa...!
XI
—Este hombre está muy malo—dijo Matías á sus amigos.—¿Y qué hacemos? ¿Qué jinojo le damos?...