En su resurrección, que así puede llamarse, salió el pobre D. Francisco por el registro patético y de la ternura, que tan bien armonizaba con su debilidad física y con el desmayo de sus facultades. Dió en la flor de pedir perdón á todo quisque, de emocionarse por la menor cosa, y de expresar vehementes afectos á cuantas personas se acercaban á su lecho para consolarle. Con Rufinita era un almíbar: le apretaba la mano, llamándola su ángel, su esperanza, su gloria. Con Cruz estaba á partir un piñón, y no cesaba de elogiar su talento y dotes de gobernar, y á Gamborena y Donoso les llamó columnas de la casa, amigos incomparables, de los que son nones en el mundo.

Al través de todas estas manifestaciones sentimentales, advertíase en el ánimo del enfermo un miedo intensísimo. Su amor propio quería disimularlo; pero lo delataban el suspirar hondo y frecuente, la profunda atención á todo cuchicheo que en la alcoba sonase, la expresión de alarma de sus ojos al verse interrogado. Gustaba extraordinariamente de que le animasen con anuncios de mejoría, y á todos preguntaba la opinión propia y la ajena sobre su enfermedad. Una mañana, hallándose solo con el doctor Miquis, le tomó la mano y gravemente le dijo:

—Querido D. Augusto, usted es hombre de mucha ciencia y de respetabilidad, y no ha de engañarme. Yo soy algo científico, quiero decir que, en mi natural, lo científico domina á lo poético, ya usted me entiende..., y por tanto, merezco que se me diga la verdad. ¿Es cierto que usted cree que me curaré?

—¿Pues no he de creerlo? Sí señor, tenga confianza, sométase al régimen, y...

—¿Será cosa de...? ¿Como cuánto, mi señor don Augusto? ¿Tardará un mes en darme de alta, ó tendré que esperar algo más?

—No es fácil precisarlo... Pero ello será pronto. Mucha tranquilidad, y no se preocupe de volver á los negocios.

—¿No?...—dijo el tacaño con profundo desconsuelo.—Pues si la Facultad quiere que me anime, déjeme pensar en mis negocios, y contar los días que me faltan para volver á meterme en ellos de hoz y de coz... ¡Ay, amigo mío, y sapientísimo médico, yo le suplico á usted, por lo que más quiera en el mundo, que haga un esfuerzo, y afine bien su ciencia para curarme pronto, pronto! Lea cuanto hay que leer, estudie cuanto hay que estudiar, y no dude, el emolumento será tal que no tenga usted queja de mí. Ya sé lo que me responde: que ya lo sabe todo, y no tiene nada que aprender. ¡Ah! La ciencia es infinita: nunca se la posee completa. Se me ocurre que en el archivo de ésta su casa podrá haber algún papelote antiguo, que traiga tales ó cuales recetas para curar esta gaita que yo tengo, recetas que los médicos de ahora no conocen... ¡Por vida de...! ¿Quién me asegura que los antiguos no conocieron algún zumo de hierbas, unto, ó cosa tal, que los modernos ignoran? Piénselo, y ya sabe que tiene el archivo á su disposición. Me costó un ojo de la cara, y es lástima que no hallemos en él mi remedio.

—¡Quién sabe!—dijo benévolamente el médico por consolarle.—Puede que entre los papeles de Nápoles y Sicilia, haya algún récipe de antiguo alquimista, ó curandero nigromante.

—No se ría usted de la magia, ni de aquellos tipos que echaban la buena ventura, mirando las estrellas. La ciencia es cosa que no tiene fin..., ni principio... Y ya que hablamos de ciencia, dígame: ¿qué demonios es esto que tengo? Porque yo, pensando en ello estos días, creo... se me ha metido en la cabeza que mi mal es filfa, una indisposición ligera, y que ustedes los señores médicos creen lo mismo; pero que por guardar la etiqueta... científica me tienen aquí con todo este aparato escénico de cama, y régimen, y biblias. Yo me siento ahora bien, muy bien. ¿Me confiesa usted, sí ó no, que no tengo nada?

—Poco á poco. Su enfermedad no será muy grave; pero tampoco es una desazón leve. Cuidándola, la venceremos.