—¿De modo que puedo confiar...? ¿Usted me asegura...?—interrogó el de San Eloy con viva ansiedad.
—Tranquilícese, y tenga confianza en mí, y en Dios, en Dios primero.
—Ya la tengo... ¿Pues qué, el Señor Dios me había de dejar en la estacada, sin dar yo motivo para ello? Como usted le ayude con los recursos de la Facultad, el Señor no tendrá inconveniente en que yo vuelva á mis ocupaciones habituales. Sí, mi querido D. Augusto, hará usted un bien á la humanidad, dándome de alta. ¡Tengo un proyecto! ¡Ay, qué proyecto! Es una idea que á nadie se le ocurre más que á este cura. Usted no entiende de esto ni yo le fastidiaré explicándoselo. Cada uno tiene su ciencia, y en la mía, doy yo quince y raya al lucero del alba. Póngame bueno, y temblará el mundo de los negocios con esa combinación que traigo entre ceja y ceja... Tal importancia tiene la cosa, que me conformo con estar bueno el tiempo necesario para mover las fichas en el tablero, y hacer la gran jugada... Y después, no me importa caer malo otra vez... Un paréntesis, Sr. D. Augusto, un paréntesis de salud... Pero no: sería lástima que después de realizada la operación, reventase yo, sí, para que se quedaran riendo los que vienen detrás. Esto no es justo: confiéseme usted que esto no es justo.
Tan vivamente posesionado de su idea le vió Miquis, y tanto le alarmó el brillo de sus ojos y la inquietud de sus manos, que creyó prudente cortar la conversación. Y como para calmarle no había mejor camino que halagar sus deseos, despidióse el doctor dándole seguridades de restablecimiento. Claro: éste vendría más pronto ó más tarde, según que el enfermo lo acelerase con su quietud de cuerpo y espíritu, ó lo retrasara con su impaciencia. Y mientras menos pensase en combinaciones financieras mejor. Tiempo había...
Ello es que el hombre quedó gozoso de la visita, y las esperanzas le daban ánimos para sobrellevar las tristezas del régimen dietético y de la encerrona entre sábanas. Hablando con Cruz, le dijo:
—Ese D. Augusto es un grande hombre. Me asegura que es todo cuestión de unos días... Y bien pudieran darme ustedes algún más alimento; que yo respondo de digerirlo velis nolis. ¡No faltaba más sino que el señor estómago volviera á las andadas! Los dolores del vientre ya no son tan agudos, y lo que es calentura no la tengo... Lo único que recomiendo á usted es que vigile á los cocineros y marmitones, porque... podría írseles la mano en el condimento, y resultar algo que me envenenara... en principio, por decirlo así. No, no digo yo que me envenenen de motu propio, como aquel pillo de Matías Vallejo, y los gansos de sus amigos, que á la fuerza me atracaron de mil porquerías... No, si ya sé que usted vigilará... Yo abrigo la convicción de que con usted no hay cuidado... En fin, arreglárselas entre todos para que yo esté bueno dentro de unos días, porque, sépalo usted, importa mucho para la familia, y casi, casi estoy por decir para la nación y para todita la humanidad, si me apuran. Que si este condenado fenómeno patológico, se agarra más, no sé á dónde irá á parar la fortunita reunida con tanto trabajo, y hasta podría suceder que mis hijos el día de mañana, si yo continúo enclenque, no tuvieran que comer.
Echóse á reir Cruz, y olvidándose por un momento de que en aquel caso debía sobreponerse la piedad mentirosa á la verdad que, como inteligencia suprema de la familia, profesaba siempre, le amonestó en forma autoritaria:
—No piense tanto, no piense tanto en los intereses que han de quedarse por aquí; pues aunque no está en peligro de muerte, ni lo quiera Dios, su situación es de las que deben considerarse como avisos providenciales, y por lo tanto, hay que volver los ojos á los intereses de allá, á los eternos, aunque no sea más que para irse acostumbrando. Vamos á ver: ¿todavía le parece á usted que tiene poco dinero, ó es que piensa llevárselo al otro mundo, para fundar un banco ó sociedad de crédito en las regiones de la Bienaventuranza Eterna?
—Si fundo ó no fundo sociedades de crédito en la Gloria divina, eso no es cuenta de usted. Haré lo que me dé la gana, señora mía—dijo, y con gesto de chiquillo castigado se zambulló en el lecho, y se tapó el rostro con la sábana.