Por mañana ó tarde, Gamborena no dejaba de visitarle un solo día, mostrándose cariñosísimo con el pobre enfermo, á quien hablaba en lenguaje de amigo más que de director espiritual. Lo que con este carácter le dijo alguna vez, fué tan delicado, y tan bien envuelto iba en conceptos generales, ó de salud, que el otro recibía la indicación sin alarmarse. Cuando D. Francisco tuvo su cabeza firme, Gamborena le entretenía contándole casos y pasajes interesantísimos de las misiones, que el otro escuchaba con tanto deleite como si le leyeran libros de novela ó de viajes. Tan de su gusto era, que más de una vez le mandó llamar antes de la hora en que acostumbraba visitarle, y le pedía un cuento, como los niños enfermitos al ama ó niñera que les cuida. Y creyendo Gamborena que, aprisionada la imaginación del enfermo, fácil le sería cautivar su voluntad, referíale estupendos episodios de su poema evangélico: sus trabajos en el vicariato de Oubangui, África ecuatorial, y en pleno país de caníbales, cuando los sacerdotes, después de oficiar, se despojaban de sus vestiduras, y trabajaban como albañiles ó carpinteros en la construcción de la modesta catedral de Brazzaville; la peligrosísima misión en el país de los Banziris, la tribu africana más feroz, donde algunos padres sufrieron martirio, y él pudo escapar por milagro de Dios, con ayuda de su sutil ingenio; y por último, la conmovedora odisea de los trabajos en las islas remotas del Pacífico central, el archipiélago de Fidji, donde fueron en breve tiempo fundadas setenta iglesias, y convertidos á la fe católica diez mil canacas.

Por supuesto, el que Torquemada oyera con viva atención y profundo interés tales narraciones, no significaba que las creyese, ó que por hechos reales y positivos las estimase. Pensaba más bien que todo aquello había ocurrido en otro planeta, y que Gamborena era un sér excepcional, historiador, que no inventor de tan sublimes patrañas. Teníalas por cuentos para niños grandes ó para ancianos enfermos.

No se sabe cómo fué rodando la conversación al terreno en que el sacerdote deseaba encontrarse con su amigo; pero ello es que una tarde en que vió á Torquemada relativamente tranquilo, se insinuó en esta forma:

—Paréceme, señor mío, que ya no debemos aplazar por más tiempo nuestro asunto. Hace días, me dijo usted que tenía la cabeza muy débil; hoy la tiene usted fuerte, por lo que veo, y en su interés está que hablemos.

—Como usted guste—replicó Torquemada, mascullando las palabras y tomando un ligero acento infantil.—Pero si he de serle franco, no veo tanta prisa. Para mí es indudable que escapo de ésta: me siento bien; espero ponerme bueno muy pronto...

—Tanto mejor. ¿Y qué, hemos de esperar á las últimas horas para prepararnos, cuando ya no haya tiempo, y llegue tarde la medicina? Vamos, señor mío, ya no aguardo más. Yo cumplo mi deber.

—¡Pero si yo no tengo pecados, diantre!—manifestó D. Francisco entre bromas y veras.—El único que tenía se lo dije la otra tarde. Que me asaltó la idea de que Cruz quería envenenarme... De un mal pensamiento nadie está libre.

—Ya... ¿Y no hay más? Busque bien, busque.

—No, no hay más. Aunque usted se enoje, señor Gamborena de mis pecados... de mis pecados no, porque no los tengo..., Sr. Gamborena de mis virtudes..., aunque usted se escandalice, tengo que decirle que soy un santo.

—¡Un santo!... Sea enhorabuena. Á poco más, me pide que sea yo su penitente, y usted mi confesor.