—Déjese de dilemas. Usted me ha confesado que deseaba la muerte de Cruz.
—Bueno, pues sí, yo...
—La sequedad de corazón está bien demostrada. Y la sordidez, la codicia... ciego será quien no las vea, y usted mismo debe reconocer esas horribles llagas de su sér, y confesarlas.
—Confesado... Arreando. Uno es como es, y no puede ser de otra manera. Sólo cuando se acerca el fin, ve uno más claro, y como ya no tiene intereses acá, naturalmente, llama por lo de allá... Y lo peor es que nos salen con esa matraca de las buenas acciones cuando ya no tenemos tiempo de... verificarlas ni malas ni buenas.
—Tiempo tiene usted todavía.
—Lo mismo pienso—dijo el Marqués con cierto brillo en los ojos,—porque de ésta no caigo. Tengo tiempo, ¿verdad?
—Seguramente, y lo aprovecharemos en seguida.
—¿Cómo?
—Dándome usted su capa.
—¡Ah!... ¿con que quiere usted la capita? ja, ja...