—Sí, sí; pero entendámonos: quiero la nueva.

—Hola, hola... ¿la nueva?

—La nuevecita, el número uno. En aquella ocasión, pase que me diera usted un guiñapo que no le servía para nada. Hoy me tiene que dar la prenda que más estime...

—¡Caramba!

—Y además, quiero también su levita, su gabán, chaleco, en fin, la mejor ropa que el excelentísimo Sr. Marqués posea.

—Me va usted á dejar en cueros vivos.

—Así andará más ligero.

—¡Pues no estará poco majo el hombre con toda mi ropa..., ni poco abrigado en gracia de Dios!

—No, si no quiero esas prendas para mí. Ya ve: estoy bien vestido, y no carezco de nada. Las pido para otros que están desnudos.

—Total, que tengo que vestir á mucha gente.