—Y abrigarles el estómago, darles lo que á usted ninguna falta le hace ya. Pero ello ha de ser con efusión del alma, como me dió la capa vieja el D. Francisco de marras.

—Bueno, pues formule, formule usted su proposición.

—La formularé, descuide. Que si yo no le facilitara la solución, ya sé que el astuto negociante que me escucha haría de su capa un sayo, y...

—Venga esa fórmula.

—¡Ah! no es puñalada de pícaro. Déjeme pensarla bien. Pero luego no se me vuelva atrás. La capa que pretendo es de un paño tan superior, que con su importe en venta se han de remediar muchas miserias, muchas. Ya están de enhorabuena los pobres, un sinnúmero de pobres, media humanidad.

—Eh... poco á poco—dijo el de San Eloy vivamente alarmado.—No hay que correrse tanto, señor misionero. Soy enemigo de las exageraciones de escuela, y si me extralimito, entonces no seré santo, sino loco, y los locos no van á la Gloria, sino al Limbo.

—Usted irá... á donde merezca ir. Delante verá todos los caminos. Escoja el que le cuadre, pues para eso tiene su libre albedrío. Con la pureza del corazón, con el amor del prójimo, con la caridad, irá fácilmente para arriba... Con lo contrario, abajo sin remedio. Y no crea que por darme la capa está segura su salvación, si con aquel pedazo de paño no me entrega el alma.

—¿Entonces...?

—Pero aunque la efusión debe preceder al acto, hay casos en que el acto produce la efusión, ó por lo menos la ayuda. De modo que siempre va usted ganando... Y no me detengo más amigo mío.

—Pero no se vaya sin que nos pongamos de acuerdo siquiera en las bases...