—Déjeme á mí, que yo me encargo de las bases. Por ahora, no le conviene más conversación. Bastante hemos hablado. Á descansar, y á tener calma y confianza en la voluntad de Dios. Esta noche, si usted se encuentra bien, entraré otro ratito. Adiós.
Quedóse D. Francisco muy caviloso con aquello de dar la capa, y en verdad, no llegaba á comprender qué demonios entendía por capa el beato Gamborena. Y bien pudiera ser que, estimada la prenda en un valor fabuloso, no hubiese manera de arreglarse con él. Deseaba que llegara la noche para conferenciar nuevamente con el clérigo sobre aquel asunto, y fijar por sí mismo las consabidas bases. Por su desgracia, al anochecer fué acometido de violentísimos dolores en el vientre, de arcadas y angustias tales, que el hombre llegó á creer que se moría; y el miedo le duplicaba el mal, y sus terrores y sus bascas, formando un conjunto imponente, hicieron creer á toda la familia que llegaba la última hora del señor Marqués de San Eloy. Acudió Miquis presuroso, y ordenó inyecciones de morfina y atropina. Á eso de las diez amainó la tormenta; pero el enfermo se hallaba destroncado, aturdido, tembloroso de pies y manos, y tan descompuesto de rostro como de espíritu, sin dar pie con bola en nada de lo que decía. Ansiaba tomar alimento, y le horrorizaba lo mismo que apetecía. En vista de la gravedad del mal, la familia obtuvo de Miquis que se quedase allí toda la noche. Rufinita y Cruz resolvieron velar, y Donoso, como el más abonado para ello, se encargó de preparar á su amigo para aquellos actos y disposiciones que, por lo apretado de la situación no debían prorrogarse más. Antes de dar este paso, hubo de conferenciar con el buen doctor, que prometió abrirle camino en la primera ocasión que se le presentara.
En efecto, llamado á su cabecera por D. Francisco, que animarse quería con la presencia del médico eminente, Augusto le dijo:
—Señor Marqués, no hay que amilanarse. Hemos tenido un retroceso. Pero ya echaremos otra vez el carro para adelante.
—No aludirá usted al carro fúnebre...
—¡Oh! no.
—Porque yo, aunque me siento muy mal esta noche, no creo que... Usted, ¿qué opina? Con franqueza...
—Opino que, sin haber peligro por el momento, podría suceder que tardase usted algunos días en reponerse. El sábado convinimos en aguardar la mejoría para que usted pudiese satisfacer tranquilamente su... su noble deseo de cumplir... vamos, de cumplir con su conciencia, como buen cristiano. Ahora pienso que, en vez de esperar la mejoría... mejoría segura; pero que tardará quizás dos, tres días... debemos realizar ese acto, pues... ese acto que, según dice la experiencia, es tan provechoso para el cuerpo como para el alma... Digo, si á usted le parece...
—Ya, ya...—murmuró D. Francisco, que se había quedado sin aliento, y sintió un frío mortal que hasta los huesos le penetraba. Por un instante creyó que el techo se le caía encima como una losa, y que la estancia se quedaba en profunda obscuridad. Su inmenso pánico le dejó sin palabra y hasta sin ideas.