—¡Dudar de la Misericordia Divina! ¡Qué aberración! Un arrepentimiento sincero borra todas las culpas. La humillación es el antídoto de la soberbia; la abnegación, la generosidad lo son del egoísmo. Pensar en Dios, pedirle la gracia... y la gracia vendrá. La conciencia se ilumina, el alma se transforma, se abrasa en un amor ardiente, y con el deseo ardiente de ser perdonado basta...

—Ha dicho usted abnegación, generosidad—murmuró Torquemada: con voz que apenas se oía.—Sepa que el padre Gamborena me pedía la capa... ¿Sabe usted lo que es la capa? Pues se la he dado... Estoy aquí esperando á que formule las bases... Luego hablaré con Donoso sobre las disposiciones testamentarias, y dejaré... ¿Usted qué opina? ¿Debo dejar mucho para los pobres? ¿En qué forma, en qué condiciones? No olvide usted, que á veces, todo lo que se les da va á parar á las tabernas, y si se les da ropa, va á parar á las casas de empeño.

—No empequeñezca usted la cuestión. ¿Quiere saber lo que pienso?

—Sí, lo quiero, y pronto.

—Ya sabe usted que yo todo lo pienso en grande, muy en grande.

—En grande, sí.

—Ha reunido usted un capital enorme; con su ingenio, ha sabido traer á su casa dinerales cuantiosos... que en su mayoría debieron quedarse en otras partes; pero los ha traído, no sé cómo, forzando un poco la máquina, sin duda. Caudal tan inmenso no debe ser de una sola persona, así lo pienso, así lo creo, y así lo digo. Desde la muerte de mi hermana, han variado mis ideas sobre este particular; he meditado mucho en las cosas de este mundo, en los caminos para encontrar la salud eterna en el otro, y he visto claro lo que antes no veía...

—¿Que...? ya.

—Que la posesión de riquezas exorbitantes es contra la ley divina, y contra la equidad humana, malísima carga para nuestro espíritu; pésima levadura para nuestro cuerpo.

—¿Entonces, usted...?