—¿Yo? Hoy consagro á socorrer miserias todo lo que me sobra después de atendidas mis necesidades. Pienso reducirlas á los límites de la mayor modestia, en lo que me quede de vida, y cuando esto haga, destinaré mayor cantidad á fines piadosos. En mi testamento dejo todo á los pobres.
—¡Todo!
La estupefacción de D. Francisco se manifestaba repitiendo la palabra todo con intervalos de una precisión lúgubre, como los que median entre los dobles de campanas tocando á funeral.
—¡Todo!
—Sí señor. Ya sabe usted que en mis ideas, en mi manera personal de ver las cosas, no caben partijas, ni mezquindades, ni términos medios. He dado todo á la sociedad, cuando no tenía yo más mira que el decoro de la familia, de su nombre de usted y del mío. Ahora, que las grandezas adquiridas se vuelven humo, lo doy todo á Dios.
—¡Todo!
—Lo devuelvo á su legítimo dueño.
—¡Todo!
—Ya hemos hablado de mí más de lo que yo merezco. Hablemos ahora de usted, que es lo más importante por ahora. Me pide mi opinión, y yo se la doy como se la he dado siempre, con absoluta franqueza, si me lo permite, con la autoridad un tanto arrogante, que usted llamaba despotismo, y que era tan sólo el convencimiento de poseer la verdad en todo lo concerniente á los intereses de la familia. Antes miré por su dignidad, por su elevación, por ponerle en condiciones de acrecentar su fortuna. Ahora, en estos días de desengaño y tristeza, miro por la salvación de su alma. Antes, me empeñé en guiarle á las alturas sociales, sirviéndole de lazarillo; ahora, todo mi afán es conducirle á la mansión de los justos...
—Diga pronto... ¿Qué debo yo hacer?... ¡Todo!