—Creo en conciencia—dijo Cruz con ceremoniosa voz, acercándose más, y recibiendo de lleno en sus ojos la mirada mortecina de los ojos del tacaño,—creo en conciencia que, después de reservar á sus hijos los dos tercios que marca el código, dando partes iguales á cada uno, debe usted entregar el resto, ó sea el tercio disponible..., íntegramente... á la Iglesia.
—Á la Iglesia—repitió D. Francisco, sin hacer el menor movimiento.—Para que cuide de repartirlo... ¡Todo!... ¡á la Iglesia...!
Alzando los dos brazos con cierta solemnidad sacerdotal, los dejó caer pesadamente sobre las sábanas.
—¡Todo!... á la Iglesia... el tercio disponible... ¿Y de este modo, me aseguran que...?
Sin parar mientes en lo que expresaba el último concepto, Cruz siguió desarrollando su idea en esta forma:
—Piénselo bien, y verá que en cierto modo es una restitución. Esos cuantiosísimos bienes, de la Iglesia han sido, y usted no hace más que devolverlos á su dueño. ¿No entiende? Oiga una palabrita. La llamada desamortización, que debiera llamarse despojo, arrancó su propiedad á la Iglesia, para entregarla á los particulares, á la burguesía, por medio de ventas que no eran sino verdaderos regalos. De esa riqueza distribuída en el estado llano, ha nacido todo este mundo de los negocios, de las contratas, de las obras públicas, mundo en el cual ha traficado usted, absorbiendo dinerales, que unas veces estaban en estas manos, otras en aquéllas, y que al fin han venido á parar, en gran parte, á las de usted. La corriente varía muy á menudo de dirección; pero la riqueza que lleva y trae siempre es la misma, la que se quitó á la Iglesia. ¡Feliz aquél que, poseyéndola temporalmente por los caprichos de la fortuna, tiene virtud para devolverla á su legítimo dueño!... Con que ya sabe lo que opino. Sobre la forma de hacer la devolución, Donoso le informará mejor que yo. Hay mil maneras de ordenarlo y distribuirlo entre los distintos institutos religiosos... ¿Qué contesta?
Hizo Cruz esta pregunta, porque D. Francisco había enmudecido. Pero el temor de que hubiera perdido el conocimiento era infundado; que bien claras oyó el enfermo las opiniones de su hermana política. Sólo que su espíritu se recogió de tal modo en sí, que no tenía fuerza para echar al exterior ninguna manifestación. Había cerrado los ojos; su semblante imitaba la muerte. Mirando para su interior, se decía: «Ya no hay duda; me muero. Cuando ésta sale por ese registro, no hay esperanza. ¡Todo á la Iglesia!... Bueno, Señor, me conformo, con tal que me salve. Lo que es ahora, ó me salvo, ó no hay justicia en el cielo, como no la hay en la tierra.»
—¿Qué contesta?—repitió Cruz.—¿Se ha dormido?
—No, hija, no duermo—dijo el pobre señor con voz tan desmayada que parecía salir de lo profundo, y sin abrir los ojos.—Es que medito, es que pido á Dios que me lleve á su seno, y me perdone mis pecados. El Señor es muy bueno, ¿verdad?
—¡Tan bueno, que...!