La emoción que la noble dama sentía, ahogó su voz. Abrió al fin Torquemada sus ojuelos, y ella y él se contemplaron mudos un instante, confirmando en aquel cambio de miradas su respectivo convencimiento acerca de la bondad infinita.

V

Diéronle champagne helado, consommé helado, único alimento posible, y pasó tranquilo como una hora, hablando á ratos con voz cavernosa y empañada. Llamando á su lado á Gamborena, le dijo en secreto:

—¡La capa!... todo... todo lo disponible... para usted, señor San Pedro de mi alma. Ya Donoso tiene instrucciones...

—Para mí no. No quiero dejar de hacer una aclaración. Cruz aconsejó á usted, por sí y ante sí, lo que acaba de decirme el Sr. Donoso. Yo nada tengo que ver en eso. Predico la moral salvadora, amonesto á las almas, les indico el camino de la salud; pero no intervengo en el reparto de los bienes materiales. Al pedir á usted la capa, le signifiqué que no olvidara en sus disposiciones á los menesterosos, á los hambrientos, á los desnudos. Nunca pensé que mi petición se interpretara como un propósito, como un deseo de que la capa, ó el valor de la capa, viniese á mis manos, para rasgarla y distribuir sus pedazos. Estas manos no tocaron jamás dinero de nadie, ni han recibido de ningún moribundo manda, ni legado. Delo usted á quien quiera. Otra cosa diré, que ya he manifestado al señor Donoso. Mi Congregación no admite donativos testamentarios, ni cosa alguna en concepto de herencia; mi Congregación vive de la limosna, y tiene fijadas para poder percibirla, cifras mínimas que en ningún caso pueden alterarse.

—¿Según eso—dijo D. Francisco, recobrando por un instante la viveza de su espíritu,—usted no quiere...? Pues ya lo acordé... Todo á la Iglesia, y usted, mi señor San Pedro, será quién...

—Yo no. Otros hay más abonados que yo para esa comisión. Ni yo ni mis hermanos podemos recibir encargos de esa especie. Alabo su resolución, la creo utilísima para su alma; pero allá otros recibirán la ofrenda, y sabrán aplicarla al bien de la cristiandad.

—¿De modo que... no quiere...? Pues yo accedí, pensando en usted, en su Congregación, que es toda de santo... ¿Qué dice Donoso? ¿Qué dice Cruz?... Pero usted no me abandonará. Usted me dirá que me salvo.

—Se lo diré cuando sepa que puedo decírselo.

—¿Pues á cuándo espera, santo varón?—replicó Torquemada con impaciencia, revolviéndose entre las sábanas.—Ahora, ahora, después del sacrificio que acabo de hacer.... ¡todo, Señor, todo!... ahora, ¿no merezco yo que se me diga, que se me asegure...?