—¿Ha tomado usted esa resolución con miras de caridad, con ardiente amor del prójimo y ansia verdadera de aliviar las miserias de sus semejantes?

—Sí señor...

—¿Lo ha hecho con el alma puesta en Dios, y creyéndose indigno de que se le perdonen sus culpas?

—Claro que sí.

—Mire, señor Marqués, que á mí puede engañarme, á Dios no, porque todo lo ve. ¿Está usted bien seguro de lo que dice? ¿habla con la conciencia?

—Soy muy verídico en mis tratos.

—Esto no es un trato.

—Bueno, pues lo que sea. Yo me he propuesto salvarme. Naturalmente, creo todo lo que manda Dios que se crea. ¡Pues estaría bueno que viéndome tan cerca del fin, saliéramos ahora con que no creo tal ó cual punto...! Fuera dudas, para que se vayan también fuera los temores. Yo tengo fe, yo deseo salvarme y me parece que lo demuestro dando el tercio disponible á la santa Iglesia. Ella lo administrará bien: hay en las distintas religiones hombres muy celosos y muy buenos administradores... ¡Oh, mi dinero estará en muy buenas manos! ¡Cuánto mejor que en las de un heredero pródigo y mala cabeza, que lo gaste en porquerías y estupideces! Ya veo que se harán capillas y catedrales, hospitales magníficos, y que la posteridad no dirá: «¡ah, el tacaño!... ¡ah, el avariento!... ¡ah, el judío!...» sino que dirá: «¡oh, el magnífico!... ¡oh, el generoso prócer!... ¡oh, el sostenedor del Cristianismo!...» Mejor está el tercio disponible en manos eclesiásticas que en manos seglares, de gente rumbosa y desarreglada. No apurarse, señor San Pedro; nombraré una junta de personas idóneas, presidida por el Sr. Obispo de Andrinópolis. Y en tanto, cuento con usted: no me abandone, ni me ponga peros para la entrada en el reino celestial.

—No hay tales peros—díjole Gamborena con exquisita bondad y dulzura.—Tenga usted juicio, y entréguese á mi con entera confianza. Lo que digo es que su resolución, mi Sr. D. Francisco, con ser buena, bonísima... no basta, no basta. Se necesita algo más.

—¡Pero, Señor, más todavía!