—No vaya á creer que regateo la cantidad. Aunque ese tercio disponible fuera una cifra de millones tan alta como la que representan todas las arenas del mar, no bastaría si el acto no significara, al propio tiempo, un movimiento espontáneo del corazón, si no lo acompañase la ofrenda de la conciencia purificada. Esto es muy claro.

—Sí, muy claro... Abundo en esas ideas.

—Porque, amigo mío—añadió el sacerdote con mucha gracia, incorporándose para verle de cerca el rostro,—no me atrevo á sospechar que usted piense en conseguir su entrada en el Cielo sobornándome á mí, al guardián de la puerta. Si tal creyese mi señor Marqués de San Eloy, no sería el primero. Muchos creen que dando una propinilla al Santo... Pero no, usted no es de esos, usted ha vuelto ya los ojos á Dios, apartándolos para siempre de la vileza de los bienes temporales y caducos; usted tiene ya la divina luz en su conciencia, lo veo, lo conozco; esta noche, en un ratito de descanso, hemos de quedar muy amigos, muy conformes en todo, usted muy consolado, con el alma serena, libre, llena de confianza y amor, yo satisfecho, y más contento que unas pascuas.

Torquemada había cerrado los ojos, mirando para dentro de sí, y no contestaba más que con ligeros movimientos de cabeza á las sentidas amonestaciones de su amigo y padre espiritual. Aprovechó éste la buena ocasión que la relativa tranquilidad del enfermo le ofrecía, y exhortándole con su palabra persuasiva y cariñosa, hecha á la domesticación de las fieras humanas más rebeldes que cabe imaginar, á la media hora le había puesto tan blando que nadie le conocía, ni él mismo se conociera, si pudiera verse desde su ser antiguo.

Descansó después algunas horas, y á la madrugada volvió el padrito á cogerle por su cuenta, temeroso de que se le fuera de entre las manos. Pero no: bien asegurado estaba, humilde y con timidez mimosa de niño enfermo, descompuesto el carácter, del cual sólo quedaban escorias, destruída su salvaje independencia. La certidumbre de su próximo fin le transformaba sin duda, obraba en su espíritu como la enfermedad en su organismo, devorándolo, con efectos semejantes á los del fuego, y reduciéndolo á cenizas. Su voz quejumbrosa despertaba en cuantos le oían una emoción profunda. El genio quisquilloso y las expresiones groseras y disonantes, ya no atormentaban á la familia y servidumbre. Todo era concordia, lástima, perdón, cariño. Tal beneficio había hecho la muerte, con sólo llamar á la puerta del pecador. Agobiado éste por el mal, que de hora en hora le iba consumiendo, apenas tenía fuerzas para articular palabras breves, de ternura para su hija y para Cruz, de bondad paternal para las demás personas que le rodeaban. No se movía; su cara terrosa hundíase en las almohadas, y en la cara los ojos, con los cuales hablaba más que con la lengua. Creyérase que con ellos imploraba el perdón de su egoísmo. Y con ellos parecía decir también: «Os lo entrego todo, mi alma y mis riquezas, mi conciencia y mi carácter, para que hagáis de ello lo que queráis. Ya no soy nada, ya no valgo nada. Heme vuelto polvo, y como polvo os pido que sopléis en mí para lanzarme al viento y difundirme por los espacios.»

Lleváronle el Señor ya muy avanzada la mañana, sin pompa, con asistencia tan sólo de las personas de mayor intimidad. Más hermosa que nunca pareció aquel día la mansión ducal, sirviendo de marco espléndido á la patética ceremonia, y al concurso grave que desfiló por el vestíbulo y galerías espaciosas, pobladas de representaciones de la humana belleza. La servidumbre, muy mermada desde el modus vivendi, asistió de rigurosa etiqueta. La capilla, que con tanta cera encendida era una áscua de oro, se llenó de monjitas blancas y azules, de señoras con mantilla negra. En la alcoba del enfermo púsose un altar, con el tríptico de Juan Eyck, que había presidido la capilla ardiente de Fidela. La entrada del Viático produjo en todo cuanto contenía la cavidad de aquella morada de príncipes, en todo absolutamente, lo vivo y lo figurado, personas y cosas, arte y humanidad, una emoción profunda. Al penetrar la Majestad Divina en la alcoba, la emoción total fué más intensa, realzada por el silencio que dentro y fuera envolvía el solemne acto. La voz del sacerdote sonó con placidez amorosa en medio de aquella paz. Las llamas movibles de los hachones teñían de un amarillo de oro viejo la escena y sus figuras. Al recibir á Dios, D. Francisco Torquemada, Marqués de San Eloy, parecía otro. No era el mismo de antes, ni tampoco el mismo de la noche anterior, con la cara terrosa y los ojos apagados. Fuese por el reflejo de las luces ó por alguna causa interna, ello es que la piel de su rostro recobró los colores de la vida, y su mirada la viveza de sus mejores tiempos. Expresaba un respeto hondo, una cortedad de genio que rayaba en pueril timidez, una compunción indefinible, que lo mismo podía significar todas las ternezas del alma que todos los terrores del instinto.

Terminado el acto, prodújose el ruido de la salida, las pisadas, los rezos, el tilín de la campana: la procesión descendió la escalera, y recorriendo de nuevo la gran galería, salió á la calle, volviendo todas las cosas del palacio á su ser natural.

En la capilla se aglomeró mucha gente: unos entraron ávidos de oración, otros de admirar las preciosidades artísticas que adornaban el altar. Y el enfermo, en tanto, después de hablar poco y bueno con Gamborena, Cruz y Donoso, en lenguaje afectuoso, cándido, sencillo, congratulándose de todo corazón de lo que había hecho, y recibiendo con alegría los parabienes, sintió viva necesidad de descanso, como si el acto religioso determinara en su fatigado organismo una sedación intensísima. Cerrando los párpados, durmió tan sosegada y profundamente, que al pronto le creyeron muerto. Pero no: dormía como un bendito.

VI

La familia y amigos vieron con regocijo aquel descanso del pobre enfermo, aunque tenían por inevitable el término funesto del mal. En la estancia próxima á la alcoba, hallábanse todos, esperando á ver en qué pararía sueño tan largo, y si Donoso y Cruz manifestaron cierto recelo, no tardó en tranquilizarles Augusto Miquis diciéndoles que aquel dormir era de los que traen el descanso y la reparación del organismo, fenómeno lisonjero en el proceso de la enfermedad, sin que por ello disminuyera el peligro inminente é irremediable. Convenía, pues, no turbar aquel sueño, precursor de un alivio seguro, aunque de corta duración. Esperaron, no sin cierta desconfianza de lo que el doctor les dijo, y por fin, ya muy avanzada la tarde oyendo que D. Francisco daba una gran voz, acudieron presurosos allá, y le vieron desperezándose y bostezando. Estiró los brazos todo lo que pudo, y luego, con semblante risueño, les dijo: