—Estoy mejor... Pero muy mejor... Probad á darme algo de comer, que... maldita sea mi suerte si no tengo un poquitín de hambre.

Oyóse en torno al lecho un coro de plácemes y alabanzas, y pronto le trajeron un consommé riquísimo, del cual tomó algunas cucharadas, y encima un trago de Jerez.

—Pues miren, mucho tiempo hace que no paso el alimento con tan buena disposición. Tengo lo que se llama apetito. Y me parece que esta substancia me caerá bien...

—¿Qué tiene usted que decir ahora?—le preguntó Cruz gozosa y triunfante.—¿Es ó no cosa probada que el cumplir nuestros deberes de cristianos católicos nos trae siempre bienes, sin contar los del alma?

—Sí, tiene usted razón—replicó D. Francisco, sintiendo que se le comunicaba el júbilo de su familia y amigos.—Yo también lo creía... y por eso me apresuré á recibir al Señor. ¡Bendito sea el Sér Supremo que me ha dado esta mejoría, esta resurrección, por decirlo así, pues si esto no es resucitar, que venga Dios y lo vea! Y yo había oído contar casos verdaderamente milagrosos... enfermos desahuciados que sólo con la visita de Su Divina Majestad volvieron á la vida y á la salud. Casos hay, y bien podría suceder que yo fuera uno de los más sonados.

—Pero por lo mismo que tenemos mejoría—díjole Donoso, que no quería verle tan parlanchín,—conviene guardar quietud, y no hablar demasiado.

—¿Ya sale usted, amigo Donoso, con sus parsimonias y sus camaldulerías? Pues, si me apuran, soy capaz de... ¿Qué apuestan á que me levanto y voy á mi despacho, y...?

—Eso de ninguna manera.

—¡Jesús, qué desatino!

Y las manos de todos se extendieron sobre él como para sujetarle, por si realmente intentaba llevar á cabo su insana idea.