—No, no asustarse—dijo el enfermo afectando docilidad.—Ya saben que no obro nunca con precipitación. En la camita estaré hasta que acabe de reponerme. Y crean, como yo creo en Dios y le reverencio, que me siento mejor, muy mejor, y que estoy en vías de curación.

—Opino, mi Sr. D. Francisco—le dijo Gamborena muy cariñoso,—que la mejor manera de expresar su gratitud al Dios Omnipotente, que hoy se ha dignado visitarle y ser con usted en cuerpo y sangre, consiste en la conformidad con lo que Él determine, cualquiera que su fallo sea.

—Tiene razón, mi buen amigo y maestro—replicó Torquemada, llamándole á sus brazos.—Á usted, á usted le debo la salud, digo, este alivio. Yo me avengo á todo lo que el Señor quiera disponer respecto á mí. Si quiere matarme, que me mate; no me opongo. Si quiere sanarme, mejor, mucho mejor. Tampoco debo hacer ascos á la vida, si el bendito Señor quiere dármela por muchos años más... ¡Oh, padrito, qué bueno es estar bien con Dios, decirle todos los pecados, reconocer uno los puntos negros de su carácter, acordarse de que nunca ha sido uno blando de corazón, y en fin llenarse de buena voluntad y de amor divino! Por que, sin ir más lejos, Dios hizo el mundo, después padeció por nosotros... esto es obvio. Luego debemos amarle, y hacer, y sentir, y pensar todo lo que nos diga el bueno del padrito. Conforme, conforme; deme usted otro abrazo, Sr. Gamborena, y tú, Rufinita, abrázame también, y abrácenme Cruz y Donoso. Bien, ya estoy contento, porque me reconozco buen cristiano, y juntos damos gracias al Todopoderoso por haberme curado, digo, aliviado... Sea lo que Él quiera, y cúmplase su voluntad.

—Bien, bien.

—¡Qué bueno es el Señor! Y yo qué malo hasta ahora por no haberlo declarado y reconocido á priori. Pero no viene tarde quien á casa llega, ¿verdad?

—Verdad.

—¡Que viva Jesucristo y su Santa Madre! ¡Y yo, miserable de mí, que desconfiaba de la infinita misericordia! Pues ahora no desconfío; que bien clara la veo. Y no me vuelvo atrás, ¡cuidado! de nada de lo que concedí y determiné. El Señor me ha iluminado, y ahora he de seguir una línea de conducta diametralmente opuesta...

Á ninguno de los presentes le pareció bien que hablase tanto; ni les gustaba verle tan avispado. Diéronle otro poco de caldo y de vino, que le cayó tan bien como la dosis que había tomado anteriormente, y previo acuerdo de la familia, dejáronle sólo con Donoso que aprovechar quiso la mejoría para hablarle de las disposiciones testamentarias, y acordar los últimos detalles á fin de que todo quedase hecho aquel mismo día. Hablaron sosegadamente, y Torquemada confirmó sus resoluciones respecto á la manera de distribuir sus cuantiosas riquezas. El buen amigo le propuso algunos extremos, que el otro aceptó sin vacilar. Como era hombre que nunca dejaba de poner reparos á lo que no había discurrido él mismo, Donoso veía con recelo tanta mansedumbre.

—Todo, todo lo que usted quiera—le dijo Torquemada.—Hágase el testamento, concebido en los términos que usted crea oportunos... En todo caso, las disposiciones testamentarias pueden modificarse el día de mañana, ó cuando á uno le acomode.

Donoso se calló, y siguió tomando nota.