Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa:
—Otro dato. El tal es pintor.
Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por creerlas ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía, charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó:
—Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?
Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle transversal, formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose entre ellos una casona de ladrillo al descubierto, grande y de provecho, rematada en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o de artista.
—Allí —dijo el cobrador— tenemos al señor de Díaz, retratista al óleo...
—¡Ah!, sí, le conozco —replicó D. Lope—. Ese que...
—Ese que va y viene por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!
—Sí, ya sé... Moreno, chiquitín.
—No, es alto.