Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso, cantos enteros del Infierno y Purgatorio. Dicho se está que, casi sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del bel parlare. Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él, a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.

Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo pensamiento: e discoprendo, solo il nulla s’accresce, cuando sintió los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se cuidó de que il nulla creciera o menguara discoprendo.

¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.

—¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy! Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero hacerte rabiar.

—Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te estrangulo ahora mismo.

—¡Sátrapa, corso, gitano! (cayendo fatigada en el diván.) No me engatusas con tu parlare honesto... ¡Eh! sella el labio... Denantes que del sol la crencha rubia... ¡Jesús mío, cuantísimo disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo que contarte muchas cosas, carino! ¡Qué hermoso es el italiano y qué dulce, qué grato al alma es decir mio diletto! Quiero que me lo enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo, respóndeme: ¿la jazemos?

Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca, por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de ¿la jazemos? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le llamase nunca por su nombre, sino con el de señó Juan, que era un gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole:

Señó Juan, ¿me quieres?

Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era Beatrice, ya Francesca, o más bien la Paca de Rímini; a veces Chispa, o señá Restituta. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.

La jaremos cuando tú dispongas, querida Restituta —replicó Díaz—. ¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar de amor extático tanto tiempo?... Vámonos: para ti la jaca torda, la que, cual dices tú, los campos borda...