—Al extranjero, al extranjero (palmoteando). Yo quiero que tú y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que nadie nos conozca.
—Sí, mi vida. ¡Quién te verá a ti...!
—Entre los franceses (cantando) y entre los ingleses... Pues te diré. Ya no puedo resistir más a mi tirano de Siracusa. ¿Sabes? Saturna no le llama sino D. Lepe, y así le llamaré yo también. Ha tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca. Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi señó Juan de mi alma, a quien adoro con todas mis potencias irracionales, como decía el otro.
—Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus historias galantes.
—Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba... Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.
—Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.
—Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.
—¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!
—Tenazas, sí, tenazas de jierro, para arrancarte tira a tira toda tu piel de burro. ¿Por qué eres así? ¡Gran Dio, morir si giovine!
—Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre. ¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?