—¡Ay!, tú no conoces a D. Lepe. D. Lepe no viene aquí, ni por nada del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos virtuosas, es todo dignidad.
—¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí?
—Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el pájaro voló... Ahi Pisa, vituperio delle genti. ¿A dónde nos vamos, hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (cantando.) La ci darem la mano... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se... Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?
—Tu deseo no puede ser más noble —díjole Horacio meditabundo—. Pero no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará feliz, ¿qué más?
—¡Qué más! (Mirando al suelo.) Diverse lingue, orribile favelle... parole di dolore, accenti d’ira... Ya, ya; la congruencia es la que no parece... Señó Juan, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que nunca querrás a nadie más que a tu Paquita de Rímini...? Pues sigo diciéndote... No, no te lo digo.
—Dime lo que pensabas (incomodándose). He de quitarte esa pícara costumbre de decir las cosas a medias...
—Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un geniazo...!, ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio moro, en jaspes sustentado. Tampoco esto tiene congruencia.
—Maldita. ¿Qué ha de tener?
—Pues direte, Inés, la cosa... Oye. (Abrazándole.) Lo que he pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?, es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que decididamente no sirvo para las pequeñas.
Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.