XVI

Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas, toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de spleen, que se le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía en un término nebuloso.

No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha gratitud a la muerte.

De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires, llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él. Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios, doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio fumaba, y le dijo:

—Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo? Imposible, imposible.

Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo comería.

—¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.

Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito. Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?

—Iré a llevarla a usted —dijo a su tía, buscando una transacción—, y me volveré en seguida.

—No, no.